La letra desobediente

Un año sin ti

Las cosas no son como creen. Las cosas son como las contamos las estrellas. Yo no cumplo 101 años de existencia: empiezo a nacer de nueva cuenta. Y si es como lo digo entonces estoy en el año uno de mi resurgimiento, justo como el Ave Fénix. El que lo dude es porque no sabe ni de divismo ni conoce a mis fans, que se suman.

No hay nada que festejar más que esperar el tiempo para saber que mi existencia valió la pena: que las mujeres finalmente se emanciparon del machismo, que dejaron de ser mujercitas de hogar. Que no son dejadas, que aprendieron a ser más cabronas y menos pendejas. Que las admiran porque están en igualdad de circunstancias y no siempre esperando a que el macho en turno les ponga una casita. Pobre feminismo el de hoy.

Nací para ser libre y hacer lo que me diera la gana. Peleé con mis hermanos por eso. Filmé las películas por eso. Aunque no le guste a ésos —y ésas—, que se dicen liberales y son más conservadores que mi madre, quien dijo: “No te dejes de tus hermanos, dales de cachetadas hasta que sepan que tienen que respetarte”. Así me hice.

Ahora cualquiera me imita sin llegar al temple necesario. No tienen estatura. No es disfrazarse de mí como un gesto, es lograr el respeto a mi investidura. Esos travestis de pacotilla que usan mi nombre y maneras para llevar gente a su causa, ojalá al menos aprendan un discurso creíble de mi personalidad. No se hagan los originales sin mi esencia. Travestis, sí: pero al menos con finura. Porque lo que he visto ni al talón me llegan. Pocas como yo, aunque les pese: los logros de Salma son morales, no mortales.

Se necesita un no sé qué para ser después de muerta. Ni mi efigie sobre la placa con nitrato de plata es lo que me inmortalizará.  Son mis historias, mis decires, mis películas y mis arrestos los que me llevarán a la leyenda que es historia. Por eso ni Enrique Krauze se atrevió a realidades incómodas. ¡No lo permití! No soy verdad: soy un sueño personificado. Soy esa mujer que nació para ser una película irrepetible: el rostro congelado de lo etéreo.

No soy mujer de Iglesia: soy mujer de culto. El  que dude juzgue las inspiraciones —y vituperaciones—, de lo escrito sobre mí. Ya estoy en la frecuencia de las redes sociales, ese aire que se desvanece. Y en Zacatecas 94 hay una foto inédita: arriba de un caballo voy delante de Pedro Armendáriz. Siempre fui enamorada.

¡Hasta el año dos!

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