La letra desobediente

Virginia Woolf

Las parejas no son lo que aparentan —esos amorosos de Sabines—. En una borrachera salen los lobos que llevan dentro: sus odios y rencores. Las palabras soeces se pronuncian. La educación se omite cuando el alcohol produce que la sinceridad flote, la desfachatez se asome y se destruyan uno al otro, sin máscara. 

Comentaban dos amigos:

—No pienso ir a ver ¿Quién le teme a Virginia Woolf? , de Edward Albee. Un gran dramaturgo, sí, pero insano para parejas ir al teatro a ver la autodestrucción de dos seres aventándole veneno a sus frustraciones. ¡Es masoquista!

—Más bien no es sano desconocer de qué estamos hechos los seres humanos. La obra —un inteligente juego de palabras—, nos espejea en lo que somos realmente: personas que aman, odian, piensan, hieren, y acaso se perdonan, al final de la cruda. Igual eso es el amor: la compasión por diferentes sentimientos y pensamientos. La expiación como sanación compartida.

—No creo. Albee delinea a sus personajes en caída, al final de  vidas sin progreso, mediocres, aceptando una existencia profesional que la universidad les otorga, pero sin gran futuro, aferrados a un salario, con el respaldo discrecional del padre, rector de la institución. Dura crítica a las escuelas universitarias donde la academia es un ejercicio de adocenamiento, sin resultados destacados, ni personales, ni en la sociedad.

—Por eso no iré a verla. Albee es implacable con el ser humano. Me bastó con leer la pieza. ¡Verla sería un harakiri!

—Disfrutarías las actuaciones: un reparto de actores perfectos. El teatro es la escena, no un texto. El director argentino Daniel Veronese imprime una naturalidad epopéyica. Hay un teatro de la crueldad sobre las relaciones humanas, digna de verse para conocer el terreno que pisamos.

—Sí, me dijeron que Blanca Guerra es una loba hambrienta, y Álvaro Guerrero, un chacal para la ofensa. Que Sergio Bonilla y Adriana Llabrés, los discípulos que rápido aprenden el oficio de destruirse. ¡Cómo crees que quiero ir a ver eso! Suficiente con la realidad.

 —Bueno, no vayas. Igual no eres una pareja que sabe el juego de los que se divierten al lobo feroz.

—No, no iré. Igual sin mí, es un éxito. Luego me cuentas…

—Allá tú: el teatro es la realidad. El teatro es la escuela. El teatro nos representa: Es el fin y el principio para entendernos en el espíritu de los actores. Una probada de la vida.

http://twitter.com/Braulio_Peralta