La letra desobediente

United

El 20 de junio pasado tuve una de las peores —y mejores— experiencias en avión,  gracias a la línea aérea United. Regresaba  de Nueva York a la Ciudad de México. Cancelan el viaje, sin más. Nos mandan a Houston sin otra opción, y salimos 24 horas después a nuestro destino final. Dejan mis maletas en Nueva York, que llegan tres días más tarde a la puerta de la casa. Ninguna disculpa, a pesar de levantar quejas formales. Por eso lo denuncio hasta hoy, en nombre de más de 300 pasajeros que vivieron la pesadilla.

Pero aquello es relativo frente a la experiencia de contemplar en el aeropuerto de Newark a una mujer hermosa que espera paciente trasladarse a su hogar. La acompaña un perro San Bernardo. La veo de espaldas. Pelo rubio y sonrisa Colgate. Hasta tarde me percato que no ve porque el canino se para y la conduce a la recepción. Le explican los problemas para viajar y, tranquila, se sienta al lado de sus ojos. El can mueve la cola, sonríe, anima con su ánimo la impaciencia de los viajeros.

Finalmente nos mandan a Houston porque no hay otra forma de salir de Estados Unidos. No dejo de observar al San Bernardo que lleva a la mujer por el pasillo para abordar el avión, hasta llegar a tomar su asiento. El perro se arroja a los pies de la dama. Todos miramos con asombro el comportamiento del animal, educado como pocos seres humanos. Siempre movió la cola y jamás ladró. Se dejaba acariciar plácidamente por la dueña.

Ya en el cielo, volando por la maldita United la mujer se levanta de su lugar para ir al baño y el perro la acompaña. Pero las aeromozas no le permiten entrar al servicio con el animal. Ella insiste. No puede ir sin él. Presiona. Gana. Menos mal. Era incomprensible. Un animal que atiende al ser humano. Un regalo de la vida. Lo menos es ser comprensivo con él, que también tiene derechos.

Llegamos a Houston. San Bernardo es el primero en salir con su ama. Se pierden ante nuestra vista. En ese instante pienso y empiezo a extrañar al Bolillo, mi perrito sin ojos al que cuidamos con el amor que podemos, al que atendemos como el rey de la casa. Pero aun hay que esperar la noche —sin cena—, en un hotel de paso pagado por la fría hostilidad de United. 

Cuando llego a la casa el Bolillo ladra y la Biga mueve la cola. Los amo. No los veré nunca más sin pensar en el gran San Bernardo que llevó a su ama a su destino final.  

Ese fue mi gran experiencia.

braulio.peralta@milenio.com

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