La letra desobediente

Soñar con 2.7%

Paga impuestos desde que inició el periodismo, cuando gobernaba José López Portillo. Ha escuchado hablar de abundancia económica a 13 secretarios de Hacienda en los últimos sexenios: se llenan la boca de progreso. Hablan del mañana, nunca del presente. Hacen soñar dinero: desde el serio de Moctezuma, la esperanza de David Ibarra, el bromista  Jesús Silva Herzog, el serio de Petriciolli, el vivo Pedro Aspe, o los estrategas Jaime Serra Puche, José Ángel Gurría y Guillermo Ortiz, o durante el panismo, con Gil y Carstens, Meade o  Cordero, y el actual, Luis Videgaray, el hombre promesa de Peña Nieto.

La política mexicana convierte las palabras en ilusiones perdidas. Sobre todo cuando prometen defender el bolsillo del pueblo. Luis Videgaray lleva dos años con palabras de ensueño. Aunque, hasta hoy, los mexicanos se quejan de dinero circulante. Ni los empresarios le creen. Hemos vivido de ilusión y reformas de todo tipo, implementadas magistralmente por Enrique Peña Nieto. Uno se hace duro de roer ante el discurso triunfalista de Videgaray,  porque la historia de la economía de los últimos años es un desastre. Son los mismos pero con otros nombres y apellidos (o no: Rafael Tovar y de Teresa ya estaba cuando gobernaba López Portillo). El error de Paz a favor de Salinas, ya se sabe, igual que el de Aguilar Camín: hemos visto cómo terminaron aquellas economías. Desde entonces, pura ilusión, con PAN o con PRI. Videgaray podría no llegar a concluir nada. No es su deseo. No. No es fatalista. Pero se cansa. Y 2.7 por ciento parece un sueño más (ojalá).

Escribí en el diario Liberación, que dirige Óscar Camacho:

“Llegar a mi edad con un departamento de 125 metros y otro de 60, sin ahorros pero pensionado no creo que sea la panacea como destino para un profesional (aunque pueda presumir de premios por mi trayectoria de periodista). Lo que sigue es irla pasando y esperar las enfermedades lógicas del tiempo. Cuidarte lo mejor que puedas, porque caer en los servicios públicos de salud puede ser mortal. Ascender en la clase social en México es una cuestión  personal, no una procuración de justicia por parte del Estado. Aposté por la honestidad. Creía que pagar impuestos me hace un ciudadano comprometido con el país. Me salió caro: lo más caro que he pagado en mi vida”.

(Si consulta en internet “Liberación MX”, puede leer la crónica completa).

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