La letra desobediente

¿Santos?

Absténgase de leer estas palabras los fanáticos. El columnista no es objetivo si se refiere a las nociones que se tienen de Dios, la iglesia y los santos. No es porque tenga o no fe: es porque jamás se ha topado en vida con ninguno de esa triada inventada. Todo lo que ha hecho ha sido efecto y causa de la familia, la sociedad y el Estado. Y, claro, producto de sus deseos y fuerza de voluntad.

Alguna vez, sí, fue a una iglesia a pedir por su abuelo a una figura de yeso que representa a Jesús. Alguna vez la fe lo llevó a pensar que ese crucificado que vino a salvar al mundo de no sé qué, rescataría a su perrito de la muerte: Ni un guiño recibió. Ni el abuelo ni el perrito fueron escuchados por “el salvador”. Ningún milagro. La vida no es esa esperanza que nunca llega. La vida es un espíritu en combate que no puede ser otro que uno mismo.

Hoy los medios de comunicación amanecen con dos santos más. Dos que suman miles. Miles que nada han hecho por la humanidad: guerras, secuestros, violaciones, corrupción, injusticias, disparidad entre los hombres y las mujeres, homofobia criminal, pederastia desde la misma sede del Vaticano, asesinatos de sacerdotes sin intervención de las leyes, niños de monjas sin padre, huesos de infantes en conventos, escondidos por la hipocresía de una Iglesia tan poderosa en la política mundial que la ley le permite juzgar esos casos en el cielo.

No solo es responsabilidad de la Iglesia: es la gente, los pueblos, las naciones. Los medios de comunicación que van arrobados a pedir el milagro del rating, de la publicidad, apoyar a la enajenación en la que vive el mundo. Si al menos esos creyentes fanáticos leyeran, comprendieran, pensaran que la ciencia hace años que descubrió la verdad del origen de las especies, el telescopio de Galileo o el estudio de la astronomía de Copérnico, los conceptos de Newton…

No, es más fácil mentirse de falsos sueños —porque el sueño es otra cosa: es libre de todo fanatismo—, y dejar a otros nuestra propia
salvación: sin condones, sin derecho al aborto, sin hijos deseados, sin padres responsables, sin erotismo. Lo que importa es creer a ciegas, sin preguntas, con imposición desde Roma, sin importar el laicismo: pasa que los mandatarios viven igualmente al servicio de la política que les atribuya votos y credibilidad. La hipocresía gobierna al mundo: Venga a Dios tu falso reino y...

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