La letra desobediente

Oro para Paz

Por años, los diputados se han negado a sellar con letras de oro el nombre de Octavio Paz en el recinto legislativo de San Lázaro. Los poetas Netzahualcóyotl y Sor Juana Inés de la Cruz, lo lograron. El Nobel de la paz, Alfonso García Robles, también. Pero Paz, no, ¿Por qué?

Es falaz el argumento del estatuto que impide la distinción si no han pasado 20 años del fallecimiento. ¿La izquierda lo detesta, la derecha se lo apropia y el priismo no acepta la crítica a su statu quo?

Incómodo para todos ¿ahora le cobran su pensamiento? A la izquierda se le olvida que Octavio Paz fue fundador del partido de Heberto Castillo, el Mexicano de los Trabajadores, el mismo que se unió al cardenismo para fundar lo que hoy es el Partido de la Revolución Democrática.

Para el gobierno del PRI trabajó en la Secretaría de Relaciones Exteriores, en la embajada de París, entre 1946 y 1951, hasta su renuncia en la India, en 1968, por la matanza de Tlatelolco.

Y si con el PAN fue crítico —por su proselitismo religioso, su anti abortismo y estar contra las minorías sexuales—, también los apoyó cuando las elecciones eran fraudulentas, por ejemplo, en Chihuahua.

La izquierda olvida su historia y ¿se desquita de las discordias? ¿El PRI no tiene memoria? ¿El PAN se hace de la vista gorda?

Lo que menos se comprende es el proceder del PRI. En el libro de Paz, Pequeña crónica de grandes días se desprende su apoyo intelectual a Carlos Salinas de Gortari. Ese libro le costó desprestigio al poeta por el repudio popular a Salinas: se negó llamarlo “el último emperador”.

Enrique Peña Nieto debería pronunciarse a favor de las letras de oro para Paz.

Ni siquiera tendría que ser criterio lo apuntado aquí para darle las letras de oro a Paz. Bastaría su obra literaria, sus ensayos sobre arte y su visión sobre México.

Octavio Paz avivó la vida intelectual de los mexicanos: en política, en cultura, en historia... Su ausencia en la Cámara responde a resentimientos políticos, aunque él ya vive su purgatorio literario, junto a Neruda, Cortázar, Borges, Rulfo y Fuentes.

Poner en el recinto de San Lázaro su nombre en letras de oro, honraría más a diputados que a Paz. Es una vergüenza que la burocracia y la mezquindad de gente sin criterio lo impidan. Bastaría con romper el protocolo y decretar que el poeta en su tierra no debe esperar.

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