La letra desobediente

Odio gay

A Gabo

Un día puede cambiar el mundo o desaparecer, por designios de la naturaleza. Pregunten a los habitantes de Krakatoa, en 1883, Nepal ahora, o la Ciudad de México de 1985. Pero es difícil que por un día conmemorativo las razones y emociones de los seres humanos cambien sus fobias por simple decreto. El depredador que existe desde siempre anida el odio y no desaparecerá hasta descartar el origen que lo ocasiona: la ignorancia.

A quien odia y mata no le importan leyes:  degüella, acribilla, acuchilla, ahorca, destierra a piedras o golpes: son el gozo, la razón de vida de un asesino. Desde la Biblia está escrito y lo que es crónica o novela está repetido en toda la historia.

Entre los odios menos reseñados por la historia está el que se tiene contra homosexuales: de Sodoma al mundo árabe, de los campos de concentración nazi a la persecución en la Rusia de Putin, los homosexuales y lesbianas han vivido en carne viva ese odio irracional. Una historia que se ha ido descubriendo lentamente, con vergüenza, con prejuicio, con esquematismo social, con desdén, con inusitada aversión. En la adversidad, grupos gays y algunos heterosexuales solidarios de todo el mundo han luchado por el respeto a los derechos humanos en defensa de las minorías sexuales.

La Organización Mundial de la Salud desapareció el concepto de “enfermedad mental” a los que aprendimos a vivir amando a semejantes del mismo sexo. De ahí surgió el Día Internacional contra la Homofobia y la Transfobia. Bien: me parece más una forma de curarse en salud que resolver problemas de asesinatos, con ánimo civil y leyes en mano. Hay 76 países que condenan las relaciones gays. Un día no cambia la historia: se siguen cometiendo crímenes en el mundo (en México se registran, apenas desde 2009, 91 homicidios por odio a gays, según la Comisión Nacional de Derechos Humanos).

El tema no es abrir un día para discutir tanto crimen por odio. El tema es abrir la mente del mundo para acabar con la homofobia  igual que se acabó con el nazismo. No basta con matrimonios del mismo sexo ni derecho a tener hijos mientras exista el crimen como forma clandestina en sociedades que se dicen demócratas.

El poeta Salvador Novo lo tenía claro: sacaba su maquillaje y delante de todos se pintaba. “Es para que no se acostumbren a uno, para que aprendan que siempre es más y más. Nunca es suficiente”.

La lucha sigue.

braulio.peralta@milenio.com

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