La letra desobediente

Niñas mal

Las niñas sacaban punta a sus lápices con una navajita de afeitar. La madre les advertía que debía durar lo más que se pudiera. Con los deditos sostenían el carboncillo sobre la página en blanco. Las primeras letras la aprendieron en una escuela pública. Llegaban juntas. No hacían amigas. No hablaban con nadie. Reservadas y desconfiadas como su madre las acostumbró: “Nada de amistades, ustedes a estudiar. Pasan de año o las saco de la escuela”.

Doña Apolonia era de armas tomar. Malhumorada, dicen que trabajaba de noche y dormía de día. Las niñas, al llegar de la escuela la observaban en su cama, dando órdenes: ahí sobre el anafre dejé la comida. Dos yucas o unos plátanos fritos que, en silencio, devoraban. Una se hizo secretaria y otra, maestra de primaria.

Una se casó de inmediato y la otra después de los 40. La madre vivió de sus hijas el resto de su vida, con amargura.

—¿Qué quieres, mamá, por qué estás molesta?

—¡Un hombre, necesito un hombre! ¿Qué, no entiendes?

Hoy nadie quiere acordarse de esa historia. Hoy las niñas son una viejitas que perdieron la memoria. Van a verla los hijos y los sobrinos y ellas preguntan: “¿Y tú quién eres?”. No saben su edad. La secretaria trabajó para sacar a sus hijos junto con el padre. La maestra vive de su pensión y la de su marido, que por ley corresponde. El olvido que la vida les dio no importa más que a la familia que de testigo espera borrar una historia negra.

La leyenda dice que mantuvo a sus hijos de la prostitución. Que tuvo un hijo que no le quiso reconocer un rico abarrotero que abusó de ella y que de allí nació su desgracia. Que antes de la vida galante vivió con otro y tuvo cuatro hijos que igual hicieron profesión. Cinco para la nación, uno de ellos era la discordia: el hijo del rencor por haber sido un Pedrito Páramo. Ella se pintaba como dicen que se arreglan las de la vida galante.

Las niñas viejas viven juntas en su desmemoria. A menudo preguntan por sus hermanos y creen que están vivos. A menudo hablan de su madre como si viviera con ellas. A menudo desesperan con los mismos relatos que nadie quiere recordar. El pasado es un susurro de voces que rememoran el origen del desastre. La vida inútil. La vida hueca. La puta vida.

Hoy que llegaron todos para celebrar el año nuevo, las niñas mal no entienden nada del futuro, solo se acuerdan de sacarle punta al lápiz.

braulio.peralta@milenio.com

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