La letra desobediente

¿Navidad?

La pena más profunda es la que nace de la vergüenza. Nuestro país tiene una vergüenza universal: por lo que hicieron bárbaros contra ciudadanos que desaparecieron en Iguala. De donde ya sabemos el nombre de un estudiante del que solo quedó un diente y un pedazo de hueso: Alejandro Mora Venancio, de 19 años. Cuerpos calcinados en una pila pública: al mejor estilo nazi. ¿Cómo no estar avergonzados?. Del pozolero que con sosa caústica desaparecía a las víctimas, pasamos al horno como cuando extinguían a los judíos en Alemania.

Pero el refinamiento de los narcos es mejor por primitivo: primero los golpean, les rompen los huesos y finalmente les dan un balazo. Después, destazan los cuerpos y los lanzan a las llamas. Así de macabro. Uno debe imaginárselo si no fue testigo del acto, a fin de seguir avergonzado con la pena e insistir a las autoridades que no se olvide este 24 de diciembre que hay familias destrozados en su moral, su integridad y su cerco más íntimo; ellos no tendrán una noche de paz. Pinche Navidad la de 2014. Pinche año completito.

Que no se olvide 2014. Que se insista en el Estado de Derecho. Que no callen las voces para exigir justicia. Que el nacimiento de Jesús, otra vez como cada año, no calle la realidad del crimen organizado. Que la investigación descubra toda la verdad y nada más que la verdad, sin necesidad de milagros. Porque lo merecen los mexicanos y el mundo. Porque se puede con el avance de la ciencia. Porque le conviene al gobierno de Peña Nieto. Porque la civilidad debe imperar por encima de cualquier salvajismo. Porque ya es demasiado. No más sangre.

Días negros que suman sexenios en la era de Carlos Salinas de Gortari a Enrique Peña Nieto. Que soledad tan grande la de los mexicanos que no palpan ni por asomo a la justicia. Solo el dolor acompaña a los padres de los estudiantes de Ayotzinapa. Esta navidad es la prolongación del Día de Muertos sin sepultura. Que Noche Buena ni que santos. Orar, sí, pero con exigencia de justicia y sin perdón ni olvido. Fe, sí, pero con la ley en la mano para el castigo a los culpables. Que la esperanza no se marchite y que estas fiestas decembrinas no cubran la vergüenza del pueblo en una pena amarga, del sabor de las cenizas.

Arranquemos el 24 una larga oración sin iglesia por la democracia real, de igualdad, donde la impunidad —el origen de la vergüenza—, termine.

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