La letra desobediente

Moras o moral

Moral es un árbol, un frutal de tronco grueso y copa amplia, de flores unisexuales que terminan dando moras. De ahí surge la mermelada que alguna vez hemos probado en el desayuno. Pero la moral —un alimento ético que debiera estar presente en la justicia y la democracia de los hombres—, es un bien escaso en la política. Como si la moral no perteneciera a la naturaleza del hombre en sociedad.

Gonzalo N. Santos, un político priista, gobernador de San Luis Potosí en los años 40 —famoso por encerrar, desterrar y asesinar a enemigos políticos como José Vasconcelos o Salvador Nava, entre muchos—, utilizó la irónica frase para decir que le valía madre la moralidad: “La moral es un árbol que da moras”. Punto. Eso, cuando la palabra la han utilizado presidentes en turno que dicen que acabarían con la corrupción. Palabra desgastada que cuesta trabajo reivindicar en medio de la incertidumbre de un pueblo que ya casi no cree en nada.

La moral no es un asunto religioso: es parte de una sociedad que solo puede ser democrática con principios éticos y morales.  No es un sermón. Es conciliación. Es un fin, no un medio. Un arte para vivir en paz. Cuando la moral desaparece se crean las batallas y aparece el espectro que amenaza con aniquilar cualquier derecho humano. No es difícil pensar que un sector de la sociedad ha perdido su moral personal y sucumbido a la corrupción.

Con tantas detenciones que estamos viviendo por lavado de dinero, secuestros, violación de derechos humanos, narcotráfico o uso indebido del poder público se hace necesario entender el significado de la palabra moral. Y creer que ahora van en serio. (Una miniencuesta en redes sociales, no lo cree: dicen que es por las elecciones). ¿Seré ingenuo?  Ojalá no.  Porque sin moral, el saber se destruye.    

En fin: igual no soy más que un iluso moralista sin glesia.  

Coda: Si quiere saber de Alan Turing, hoy de moda por el filme Código enigma, dirigida por Morten Tyldum —en cartelera—, le recomiendo un libro que le ayudará a descifrar los errores del Estado —y del filme—, en una historia trágica en materia de derechos humanos: Alan Turing. El pionero de la era de la información, de B. Jack Copeland. La historia de un genio condenado por homosexual a dos años a tomar hormonas para “rehabilitarse”. Se suicidó… Cuando la película empezaba a ser sincera, chin, que se termina.

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