La letra desobediente

Marchas

O cambia la política tal como la entendemos, o los políticos quedarán rezagados muy pronto después de los sucesos en Ayotzinapa. El despertar de la población a la desaparición de los 43 estudiantes de Guerrero muestra a las claras un cambio urgente en las esferas del poder si quieren continuar en sus puestos públicos.

Los jóvenes sacaron la casta que estaba agazapada desde hace mucho tiempo. Ellos son factor primordial de un cambio de actitud en la población mexicana. Hay que verlos en las calles dispuestos a encontrar respuesta a sus demandas. No puede haber oídos sordos, ya no. El tiempo está de su parte. Los partidos y sus líderes, sin excepción, han quedado fuera de la renovación de la política. Nadie les cree mientras no den pruebas para esclarecer Ayotzinapa.

México quiere, le urge un nuevo rostro donde nunca más aparezcan los signos del nazismo en aquel basurero del estado de Guerrero. A semejante crimen es imposible no exigir justicia pronta. No solo la caída de sus asesinos sino el peso de la ley contra quienes solaparon desde el poder la abyección que todos vimos en los videos de la Procuraduría General de la República, con Murillo Karam.

El crimen de Ayotzinapa ya es un símbolo del cambio en los próximos meses. Los partidos políticos deben repensar su forma de estar, del lado de los ciudadanos. Sus líderes hoy no están en el mejor momento de su vida pública. Es la hora del Estado de Derecho. Un país sin derecho es una nación al borde del abismo. Y es eso justo lo que estamos viviendo en nuestro país.

También el mundo de los artistas e intelectuales que se han mantenido al margen de los sucesos, está resquebrajándose. Justificar al gobierno contra la exigencia pronta de la justicia es imposible. El artículo de Heriberto Yépez en el último número de Laberinto es clarísimo en este punto. Las marchas empujan al país a otra forma de gobernar. También a otra forma de acercar al mundo intelectual con los ciudadanos. Es hora de las definiciones públicas.

Parece soñador —y hasta tonto—lo aquí escrito. No lo creo. Hoy sería imposible que Irma Serrano se quedara en su casa con la mesa de billar de Maximiliano, que Gustavo Díaz Ordaz le regaló a la artista, era otro tiempo; fue después del 68, ahora, después de Ayotzinapa, la conciencia está despierta, de pie, alerta. Las marchas son un reflejo de esa conciencia colectiva.

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