La letra desobediente

Israel

San Bartolo se pelea una vez al año. Sacan sus machetes y máscaras para enfrentar al enemigo. Escogen a su presa en la plaza pública, al lado de la Iglesia, de cara a la comunidad. Pelean con vistosos atavíos, para disimular quién es su adversario. Lo más que está permitido es que los machetes suenen, saquen chispas en el aire.

Aunque a veces se lastiman: un rasguño en la oreja, una herida en el dedo o pie, un lamentable sangrado en la cabeza: Hay un hospital improvisado para resolver los accidentes graves. Pero hasta ahorita, en cada cita anual, nadie ha salido muerto. Es una fiesta pagana permitida por el pueblo porque —dicen—, acaban las venganzas entre quienes pelean o guardan rencores  y frustraciones viejas que con los machetes respiran y sanan. La máscara que usan oculta el rostro del odio que expira el día del ritual de Semana Santa.

Los antropólogos no dejan de ir. Carlos Castañeda ha contado que nadie sabe con exactitud cuántos años tiene ese juego salvaje y diplomático. Que la comunidad es pacífica. Que viven de las cosechas. Que tienen problemas de agua. Que es un pueblo olvidado de los territorios de Guanajuato, en los límites con Querétaro. Que hay unas pirámides prehispánicas que no se han podido abrir al público por problemas con ejidatarios. El no diálogo en los confines de la tierra, la disputa eterna de los hombres: Como en Israel y Palestina…

Es peor que ingenuo, pero uno sueña la posibilidad de que  israelíes y palestinos imitaran el rito de los machetes en San Bartolo: la simulación de la guerra para curar las afrentas. Los que somos amantes de la palabra y el diálogo, que estamos contra la guerra, que somos cobardes hijo de la paz, quisiéramos aniquilar el nivel de ignorancia y frustraciones que a nivel soez —el peor lenguaje del hombre—, se da en las redes sociales, con el pretexto de Israel o Palestina. Como si no pudieran tener razón los dos, tal como lo decretó Naciones Unidas, en 1948.

¿Por qué se decidió la nación israelí y no la de los palestinos? Una pregunta más que pertinente ahora que Israel, con su poderío militar está masacrando a un país sin tierra, sin armas del mismo orden y sin apoyo internacional, al menos como la que recibe el gobierno de Israel.

La destrucción de Palestina a manos de Netanyahu asombra al mundo: ¿Jugar como en San Bartolo acabaría el odio a muerte?

¿Diálogo o muerte sin fin?

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