La letra desobediente

Ireneo Paz

Octavio Paz vivió sus años de infancia al lado del abuelo, Ireneo Paz Flores (1836-1924): abogado, novelista, poeta y porfirista. Dueño del diario La Patria Ilustrada, enemigo del periodista Santiago Sierra —hermano de don Justo Sierra—, a quien con un balazo acabó con su vida, en un duelo a muerte en los campos de Tlalnepantla.

En el periódico del abuelo, se lee:

“Tuvo esta mañana su primer alumbramiento la esposa del licenciado Octavio Paz, hijo de nuestro director dando luz a un robusto infante. Mucho le celebramos, y que sea para bien de la familia
y de la patria, que contarán con un nuevo defensor de la autonomía”.

Era 31 de marzo de 1914: celebramos el centenario de aquel alumbramiento. Si su abuelo fue porfirista, su padre se convirtió al zapatismo, mientras su madre, Josefina Lozano, andaluza, cuidaba a su primogénito en el Barrio de Mixcoac. El poeta recuerda en entrevista con Napoleón Rodríguez:

“Conocí a mi abuelo y el recuerdo que tengo de él es el de un hombre muy bondadoso, tierno y de gran afición por las armas de fuego y la práctica de florete. Pero más que afición por las armas, tenía afición por los libros. Tengo su imagen bien grabada: un hombre delgado, de estatura media, rostro mestizo, bromista, irónico, alerta a todo, crítico, estricto pero cariñoso.”

Ireneo Paz fue el primero en publicar en su diario, en 1889, las calaveras catrinas de José Guadalupe Posada —de quien acabamos de recordar su centenario—.

Para cuando Paz nació, la casa del abuelo se desmoronaba. Del frontón, dos kioskos, amplios jardines, alberca, mesa de billar y una capilla —escribe Rogelio Vizcaíno—, “el año que nació Octavio la casa ya estaba estropeada: el antiguo régimen se había derrumbado y la familia empobrecido”.

No es gratuito leer en el libro del abuelo, Algunas campañas, donde escribe de Díaz:

“Le quise mucho y admiré sus buenas cualidades, pero no estuve ciego para ver que sobre el inestable beneficio de la paz idiota que pudo proporcionarnos, acabó con el prestigio de las instituciones democráticas, dándonos una República de puro nombre. Así lo comprendieron todos los liberales, pero ninguno se atrevió a decírselo…”.

El poeta de quien festejamos su centenario de nacimiento escribió en un poema:

Mi abuelo, al tomar café,

Me hablaba de Juárez y de Porfirio,

Los zuavos y los platea-dos,

Y el mantel olía a pólvora…

Ese fue el abuelo de Paz.

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