La letra desobediente

Influenza

Tiene 91 y cada año viene desde Tuxpan, Veracruz, a revisar su marcapasos a Cardiología. Es del nivel socioeconómico más bajo del Instituto Ignacio Chávez. Soltera, sola y sin hijos pero muchos sobrinos. El día de su cita se pone mal del estómago. La mandan a Urgencias a checarse y, de ahí, arrancan 72 horas alucinantes de un hospital a otro y laboratorios privados. Vayamos por partes…

Urgencias de Cardiología le hace análisis de sangre, electrocardiograma, radiografía y ultrasonido. Resultados: el marcapasos funciona, pero aparecen manchas delicadas en pulmón y vesícula. Diagnóstico: piedras y leucocitos. La remiten a Urgencias del Hospital Manuel Gea González. Pasaron siete horas…

En el Gea más análisis: tomografía, electrocardiograma, ultrasonido, sangre de la arteria. Resultado: apendicitis. Urgente operar pasando las ochos horas de pruebas. La canalizan: la entuban para pasar a internamiento. Pero ya muy noche el cirujano dice: No, es un cuadro de leucocitos agresivo, de posible neumonía, pero con medicamento puede estar en casa. Ya suma 17 horas…

La familia se empieza a preocupar. A Laboratorios privados: radiografías y prueba para detectar la influenza. Para entonces aparece la neurosis intrafamiliar y empiezan a comprar medicamento contra la enfermedad de moda. Día entero de angustia.

—¿No sería mejor esperar los resultados?, pregunta un sobrino de la tía Carmen.

No. La familia la manda de nuevo al Gea González. Más sangre y radiografías. Imposible internarla: los medicamentos han bajado los leucocitos y en un electrocardiograma aparece problema con marcapasos. La regresan a Cardiología. Parece venganza, piensa el sobrino que siempre la acompaña: Yo.

—Solo tengo aire, dice candorosa, la tía.

Con un café en la mano después de tres días de confusión, el resultado de influenza resulta felizmente negativo. Risas. Y una petición:

—Hijo: regrésame a Tuxpan…

En un camino verde de montañas, ríos y pájaros bajamos al atardecer al puerto más cercano de la Ciudad de México. Y una declaración de la tía:

—Por eso no creo a los médicos…

Uno, de testigo, nota que Cardiología es bueno para el corazón pero no para el resto de las enfermedades. Que el Gea González es prueba de un sistema de salud inhóspito e insuficiente para quienes pagamos impuestos. Y la familia debe rectificar sus paranoias antes de morir en el intento.

¿O no?... Digo.

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