La letra desobediente

Indiscreciones

1.Me recibió en Proceso. Dijo que le habían hablado de mi trabajo de reportero en El Día. Le insistí en mi interés de trabajar en cultura, no en política. ¿Por qué?, preguntó: porque me interesa la cultura y creo que ahí se aprende a escribir menos convencional a la redacción nacional, respondí. Sonrió. Me miró fijamente. Me dijo que en tres meses  tendría una respuesta. No pude esperar. Necesitaba trabajo y el destino me llevó al Unomásuno. Carlos Payán Velver me abrió las puertas del diario con la venia del sindicato entonces a cargo de Bulmaro Castellanos, Magú. Le avisé por teléfono y le agradecí. Suerte, dijo.

2. El otro encuentro fue en el festejo de la revista Proceso, en 2002. Nunca había ido. Me invitó Sanjuana Martínez. Sentía que estaba en una cofradía. Comía tacos y observaba que el centro de todo era él, acompañado de Vicente Leñero. Ya no eran los tiempos donde se asomaban los políticos con gran poder a visitar la casa del gran periodista. Más bien era el recuerdo de otros años. Años en que una periodista quiso escribir sus memorias y él lo impidió. Prohibió dar entrevistas a todos sus colegas de confianza. El material se quedó inédito.

3. En calidad de editor, para 2005 publicaba el manuscrito de La pareja. Nunca tuve un autor más persistente que él para saber cuántos ejemplares se vendían cada semana. No muchos, le respondía. Silencio en la línea. Una semana después, igual. Al mes, igual. ¡Vamos a reimprimir!, dije por fin. Silencio para que dijera después: ¿Vamos bien, no? Y así todo el periodo del libro: 27 mil ejemplares, en total. Ahí fue cuando descubrí su inseguridad y el interés por las regalías.

4. Cuando leí Vivir, me pareció poco ético escribir de Gabriel García Márquez, que no sabía que Carlos Fuentes murió. O que no puede dedicarle un libro a él, porque olvida el apellido del periodista. —La Gaba se sintió traicionada: nadie lo invitó a hacer una crónica, sino a visitar un amigo—le dijo a mucha gente.

5. Mi travesura para mostrar que la vida privada es privada: una actriz muy famosa se acerca, lo besa, lo acaricia, se despide. Dice él cuando se aleja: Es terrible el tiempo. Era bellísima. Hoy, al tocar sus brazos, las yemas de mis dedos se hundían en sus carnes. Cruel descripción de una diva, pensé y lo observé a él: sus arrugas, su gordura, su papada, la exuberante panza. Duro. Lejos es mejor, pensé.

No me fue mal.

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