La letra desobediente

Huir del papa

Te negaste a ver a don Francisco y huiste a tu península preferida. No soportaste la ciudad invadida de mentiras con bendiciones que no serán más que milagros de la mente. México no cambiará su destino por palabras donde Dios no llega vía la política del Vaticano. Huir y pensar...

Baja California es un relámpago no solo por su forma geográfica. Su tierra y su cielo y el mar a sus lados hacen a la península un as de luces con tonos del arco iris. Donde descubres que el desierto son muchos desiertos con plantas, animales, olores y colores únicos en mi mundo.

Cruzar el poema de la Transpeninsular en auto es corroborar que el azul se va a caer con sus estrellas y el mar se viene encima con una visión de gozo, mientras la tierra es un paisaje lunar, onírico, y el día y la noche nos acompaña, iluminados sin necesidad de luz antinatural.

Porque Baja California es un paisaje eléctrico. Dunas y arenales, rocas como montañas, sus órganos, un regalo visual por sus ocres y verdes inigualables e irrepetibles, palmas y dátiles, la cosecha donde el vino descubre al Otro México que los mexicanos no terminamos por ver: el sueño de ser.

Ciudades donde no existe el provincianismo inútil. Su gente, la más transparente del territorio nacional. Donde no hay miedo a ser iguales, más allá de las clases sociales. Tres ciudades, tus preferidas: Tijuana por su belleza horripilante y cruda, Ensenada por su sincretismo para devorar al universo y hacerlo propio, y La Paz, donde el nombre le viene como un regalo al descanso humano.

Esta vez nos quedamos en Ensenada, la mediterránea, la gastronómica, la vinícola, la que atesora un arte californiano en su arquitectura, tan único y tan lejos de lo que existe en la otra frontera —como lo vernáculo procedente de lo colonial en aquel otro extremo del océano, Tlacotalpan.

Ensenada es la joya de Baja California Norte. El lugar al que llegamos a beber, comer y vivir el aire como un descanso sin tiempo. Ir a Valle de Guadalupe a probar el sabor a ceniza en sus vinos es alcanzar el placer del que sabe que, sin gusto, no existe ese instante llamado felicidad.

Conocer México es ir a Baja California Norte y Sur, leer a Roberto Jordán con el lento ritmo de la vida peninsular y terminar y empezar el viaje en Ensenada, el lugar donde el descanso estriba en mirar pasar a la gente que viene y va mientras sorbemos un tinto.

¡Gracias, Stasia!

Twitter: @Braulio_Peralta