La letra desobediente

Altares de muertos en Tuxpan

La plaza de los muertos huele a tamales, atole de naranja de cucho y zacahuil. Cada año el rito te lleva a Tuxpan, Veracruz, al juego del recuerdo del polvo que seremos. Ver la plaza es caminar por las calles aledañas a la iglesia de estilo mozárabe y vernácula, que resguardan la tradición de los altares de muertos con sus naranjas y mandarinas entreveradas con las flores amarillas conocidas como cempasúchil.

Es la ofrenda de los mortales que añoran la vida de los idos, el rito de muerte de los mexicanos vivos para sus fallecidos: honrar a los ausentes, lo sabemos, es honrarse a uno mismo. Los altares de Tuxpan pueden medir hasta seis metros de altura, según los recursos de cada familia; las fotografías de los finados son el marco que enciende la llama de la nostalgia.

Pero hay alegría en cada pecho. El domingo fue día de compra en la plaza para levantar los altares y recibir a toda gala a los familiares avecindados en el cementerio, en sus ataúdes de madera o hierro, o en cenizas en casa, aunque ahora lo prohíba la Iglesia. Los difuntos llegan la noche del 31 y se quedan hasta el 2 de noviembre a probar el agua, el chocolate, el mole, el coloradito, el guiso que mejor se acomode a la costumbre y al gusto que se tenía en vida.

No es Ayotzinapa, tampoco los 72 migrantes muertos en Tamaulipas o los niños de la Guardería ABC, menos los transfeminicidios ocurridos en Ciudad de México, pero el Día de Muertos es ocasión para estremecernos por la ráfaga de asesinatos, para que la sociedad civil los recuerde. Matar ruiseñores ha sido por siglos sangriento deporte humano: nadie será culpable hasta que aceptemos la corresponsabilidad por tantas omisiones y complicidades ante esos crímenes.

Pero son días de muertos. Levantemos el corazón. Imploremos el perdón por los que ya no participan del convivio humano que desacraliza a la calaca, con José Guadalupe Posada como el clásico de temporada. Cada año desenterramos nuestros más sentidos pesares; cada año repetimos las plegarias y despertamos de sus tumbas a los seres queridos.

Yo mejor me voy a Tuxpan, lejos de James Bond en Spectre, que nos recordó que es posible hacer turismo en Ciudad de México con algo que desde hace siglos es parte de nuestra historia. Los ritos de los pueblos de México son más auténticos que una manifestación mortuoria inventada con ojo en las divisas. Paso.