La letra desobediente

García Márquez

La culpa la tiene la ideología. García Márquez deja Colombia definitivamente, en 1981, porque el gobierno de Julio César Turbay lo vinculaba al grupo guerrillero, el M-19, por un reciente viaje a La Habana y un desembarco del grupo guerrillero en el sur de Colombia: era sospechoso. “Aquí no hay poeta que valga”, vociferaba Mauro Huertas a la prensa mundial. Habían detenido a la pianista Teresita Gómez, la escultora Feliza Bursztyn y a Luis Vidales. El ejército lo buscaba por todas partes: estaba resguardado por la embajada de México allá, junto a su esposa, Mercedes Barcha y sus hijos. Llegó con su familia a México los primeros días de abril de 1981.

Aunque, sin querer, Faulkner tuvo la culpa de que escogiera México por primera vez. García Márquez lo leyó con devoción y quiso cruzar el sur norteamericano, de Nueva York a Laredo, para ver lo que había leído de ciudades como Virginia, las Carolinas, Georgia, Alabama, Misisipi, Louisiana, Texas,  y sus casas blancas, con columnas. Apenas cinco meses de trabajo en Nueva York para Prensa Latina. No vivía en paz por el asedio de anticastristas y comunistas ortodoxos, cubanos y europeos. Pleito y conflicto profesional. Le hizo caso a Mutis: ¡Vámonos a México!

En 1961 García Márquez y su familia cruzan la frontera de Estados Unidos con México, en el tren de ferrocarril: lo que hoy se llama la “Estación Palabra Gabriel García Márquez”, en honor a su primera visita a territorio mexicano, en Nuevo Laredo, Tamaulipas. Ahí está el acrílico de Carreño que el escritor inauguró cuando le dio su nombre. De ahí sale el tren “Águila Azteca” que lo trae a la estación Buenavista del Distrito Federal. De 1961 a 1967 vivió García Márquez aquí, donde escribió y publicó Cien años de soledad. Años de estrechez económica. “Como éramos jóvenes no te enteras”, dijo alguna vez Mercedes.  Pero se acabaron los apuros: la novela —y las siguientes obras— les dio para toda su vida, hasta el final.

De escritor genial a comunista atroz, no lo bajan desde entonces. Él se defiende: “Soy un hombre indivisible, y mi posición política obedece a la misma ideología con que escribo mis libros”. Pier Paolo Pasolini, Reinaldo Arenas y Fernando Vallejo lo han aniquilado como escritor.  Pero un titipuchal dicen exactamente lo contrario: Un servidor incluido.

Ave de tempestades hasta su muerte.

¡A celebrarlo en Bellas Artes!

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