La letra desobediente

Fidel Castro

0í su nombre cuando tenía 10 años. Contaba mi padre:

—Llegó con un reloj Omega en la mano, para su compostura. Vivía del otro lado del río Tuxpan, en Santiago de la Peña, en una casa oculta por la maleza. Nadie sabía que iban a hacer la revolución cubana: derrotar a Batista. El señor me apuró: “pronto chico, tengo prisa”. Le puse una correa de piel, le arreglé el segundero y los pernos. Eso fue todo.

Se lo pregunté varias veces a mi padre porque me hice admirador de Fidel Castro.

Fui como reportero a Tuxpan, en 1981, cuando la casa donde albergaron a los guerrilleros, con Fidel, se hizo Museo. Hoy, de la réplica del barco Granma no queda nada porque lo destruyeron los huracanes y el pésimo mantenimiento... Pero mi simpatía persistía.

Fui a Cuba, en 1991, a sugerencia de Carmen Lira. La desolación me invadió. Todo era mentira. La prostitución, eso de lo que acusaban a Batista, estaba en auge con Fidel —que alguna vez se atrevió a decir que había “jineteras” porque a ellas les gustaba el oficio. Indignante. El Comandante era una pálida sombra del brillo de otros años, sobre todo después de la caída de Berlín y la antigua Unión Soviética. Ya no lo admiraba.

En 1992 Fidel Castro fue a España al Quinto Centenario del Descubrimiento de América. Pero sobre todo, el 27 de julio visitó Santiago de Compostela, la tierra de Galicia donde naciera su padre, Ángel Castro y Argiz, de Láncara, provincia de Lugo. Castro vino a conocer la casa de sus padres: campesinos o terratenientes, según quien lo escriba. Ángel se hizo soldado del ejército español y llegó a Cuba, que luchaba por su independencia de España.

Castro tiene enterrados en Láncara los abuelos paternos, sus tíos y a uno de sus primos hermanos. Sobrevivían hasta ese año sus primas Victoria y Estela López Castro, quienes lo llevaron a la casa, de piedra: dos recámaras, cocina y comedor, chimenea y  un baño; el suelo, de tierra, y un patio trasero. El visitante tuvo los ojos enrojecidos los 10 minutos que estuvo en su origen…

Me acordé de lo vivido, observando a Enrique Peña Nieto con Fidel Castro: México y Cuba, con Cárdenas como hilo de esa historia. Todos priistas. Recuerdo que Fidel me dijo para La Jornada, aquél 29 de julio:

—Hubo muchas Cubas antes de Fidel. Yo seré un soplo en la historia: muy pocos se acordarán de mí: Mi conciencia está tranquila.

Lo vi a los ojos: no le creí.

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