La letra desobediente

"Diva" María

Nadie la vio con los ojos cerrados. Se fue el mismo día que nació, aquel 1914: desde el 8 de abril de 2002,  la belleza que inmortalizó Gabriel Figueroa duerme por siempre. Un mito moderno, real, como la describió Octavio Paz: “Un relámpago que desgarra las sombras”. Hoy cumpliría 100 años.

“La muerte no es nada”, dejó escrito a su hijo pensando que ella partiría primero: Enrique Álvarez Félix  se fue antes, en 1996. Tampoco supo que su familia abriría su tumba, dudosa de su muerte natural. La necrofilia fotográfica tuvo su oportunidad: la revista Ooorale! sacó la “exclusiva”. Los ojos serenos y tempestuosos, entre el hielo y el fuego, estaban cerrados: Fue el milagro del Photoshop, los permisos ilícitos del periodismo amarillista. Alfonso Morales escribió la triste realidad en Luna Córnea:

“Solo fotógrafos forenses fueron testigos de la apariencia póstuma de María Félix, cuyo rostro, ya para entonces, se encontraba  en avanzado estado de descomposición” aquel 29 de agosto de 2002.  La herencia de la Diva bien valía pelearla al que decidió La Doña: Su sirviente que la atendió hasta el final, Luis Martínez de Anda. Cero pruebas a la duda de los malquerientes. Pero el morbo —en bandeja de plata— ocupó páginas de espasmo.

Se ha dicho todo y nada sobre ella. Musa para Carlos Fuentes en su novela Zona sagrada y obra teatral en Orquídeas a la luz de la luna. Crónicas, en tinta de Salvador Novo, Renato Leduc y Carlos  Monsiváis, en innumerables textos. Rivera la  inmortalizó en una pintura, propiedad de Juan Gabriel. Y Leonora Carrington y Leonor Finni y Stalisnao Lepri y Antoine Tzapoff… A quien le cantó Agustín Lara, Jorge Negrete, Pedro Infante y Juan Gabriel. La sempiterna sigue viva en la leyenda:

Hay quien cree que realmente fue una soldadera de la Revolución Mexicana. Que sí devoró hombres y fortunas. Que era la dueña del Metro de la Ciudad de México porque su marido, Alex Berger, vendió los trenes franceses que nunca tuvieron problemas como en la Línea 12 de Marcelo Ebrard.

María Félix, nacida para amar sin despeinarse,  está aquí, entre nosotros, iniciando el nuevo siglo, Diva. Uno, mirándola dormir, como las estatuas que nunca se avejentan, como un animal no identificado,  como
el buen arte que rebasa el confín de los tiempos, así, con esos ojos de centella que atraen y fulminan en sus filmes que no dejarán de vernos...

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