La letra desobediente

Contramarcha

Me convertí en reportero de la familia, sin querer. Por accidente vi la Marcha del Orgullo Gay —del Caballito al Ángel de la Independencia—, en auto y en sentido contrario. Iba con mi tía y mi hermano, que no daban crédito. Ninguno había visto nunca una manifestación de homosexuales y lesbianas. Ella fue la primera que comentó:

—Van con sus familias, con sus padres y sus niños. Parece un carnaval. ¡Qué colorido!

El espectáculo, variopinto: gente  que pareciera heterosexual pero tomados de la mano, uno del otro y, de repente, un beso que pide la prensa. Otros, en trajes de baño, exhibiendo sus cuerpos torneados por el gimnasio. De repente pasan unas mujeres hermosas, frondosas, exuberantes, con pelucas rubias, negras, pelirrojas. Impresionan sus atuendos: vestidos largos, de bikini, de lencería: Son hombres vestidos de mujer, o transexuales o travestis, sabrá la vida. O lesbianas con y sin pareja.

Mi hermano, callado al principio, adusto, de repente dice:

–¿Cómo le hacen para parecer mujeres de verdad? Nunca me imaginé que fueran tantos. Estoy impresionado…

Yo veía lo que cada año es una cita anual en el Día de los Gays, que se festeja desde 1969, cuando en Nueva York unos homosexuales y travestis se enfrentaron a la policía para defender sus derechos humanos. Desde entonces en todo el mundo la marcha es un hecho en la historia de la diversidad sexual. Les explico a mi tía y hermano, que insiste:

—¡Nunca  creí que fueran tantos!

Recordaba en mis adentros las primeras marchas, unos pelagatos en contracorriente, sin apoyo del Estado, apenas con una izquierda ramplona que con pinzas apoyaba los movimientos homosexuales. Hoy, pasa a la historia Miguel Ángel Mancera con una frase en las bodas de 80 parejas gay: “Ni un paso atrás en todos los derechos que aquí se han conquistado”.

La marcha es una fiesta: no sirve para discursos políticos. Es una evidencia que los manifestantes van por su pie, no por las organizaciones de homosexuales. Ojalá lo entendamos: es un día ganado por la historia. El movimiento homosexual debe luchar por sus derechos: en el Senado, en la Cámara, en los partidos, en la sociedad civil, en sus familias y contra las religiones. Pero en la marcha —ahora lo creo más que nunca—, cero discursos. La gente hace la diferencia, y los homofílicos son cada vez más receptivos.

Lo viví con mi familia: gran lección.

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