La letra desobediente

Chauk

Rodolfo Domínguez contempla desde su butaca el majestuoso Palacio de Bellas Artes con incredulidad: sus ojos reflejan el asombro por estar allí, ante gente del cine y la televisión en la entrega de los arieles de la Academia de Cine, nominado como actor por su trabajo en La Jaula de Oro, de Diego Quemada-Diez. ¡Lo gana! Sube al escenario y pronuncia unas palabras en su lengua, el tzotzil. El asombro ahora es el de los ahí presentes y el público que vio la ceremonia por televisión.

Adolescente de 17 años, nacido en una de las zonas de Chiapas más pobres del país, en el municipio de Chalchihuitán, apenas aprendió algunas palabras del castellano gracias a su trabajo en la filmación. Con lo que ganó como actor adquirió dos terrenos para sembrar maíz, frijol, calabaza y café. Chauk (trueno), es el personaje que representó en el cine: Un guatemalteco que sale de su patria a “conquistar el sueño americano”: triunfar en Estados Unidos. En realidad, apenas está encontrando su lugar en México.

A su regreso a casa después de la filmación —en junio de 2012—, lo primero que hizo fue ir al mercado de San Cristóbal de las Casas a comprar carne y verduras, para comer con sus padres en casa: sin luz eléctrica ni agua potable, con piso de tierra y rodeado de lodo, escribió Helio Enríquez en La jornada, el 26 de mayo pasado. El rostro de un indígena nacional recorre el mundo a través de una película que denuncia la situación de los migrantes centroamericanos.

Pero esa noche en Bellas Artes, Chauk soñaba, pisaba el máximo recinto de la cultura del país, besaba el piso con el Ariel obtenido por su trabajo actoral, lloraba de felicidad. ¿Qué sigue para este indígena mexicano; qué harán los productores de la película para que su carrera no se pierda en el abismo que puede ser el cine y el espectáculo? Igual la vida no es más que un instante y Rodolfo Domínguez perderá la siembra de su tierra, venderá sus solares y regresará a lo de siempre: el lodo, lo único que ha podido ofrecer el gobierno mexicano a los que pertenecen especialmente a esa raza. No es melodrama: es tragedia de un país que ha olvidado a sus ancestros.

Igual no: el mundo le dará un ejemplo a México de cómo puede ese ser recuperar una condición social que le niega su país. Triunfará en otros filmes por ser indígena, un sobreviviente de esta selva en que hemos convertido a la madre tierra.

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