La letra desobediente

Cantinflear

El último presidente emanado del PRI, Carlos Salinas de Gortari, cantinfleó al terminar su sexenio, y peor, cuando su ridícula huelga de hambre. El otro fue Vicente Fox, emanado del PAN: ex presidente que en innumerables momentos públicos y acciones, cantinfleó. Fue Mario Moreno Cantinflas el que sin querer inventó el verbo cantinflear, y que fue utilizado en el análisis para estudiar el discurso de los políticos.

Las formas de habla de políticos —esos que bla bla bla y nada de nada—, han variado mucho. Se han venido modernizando al grado de parecer natural una forma de decir sin decir, y ganar los votos de las masas. Andrés Manuel López Obrador resulta cantinflesco sin la gracia del cómico. Provoca aplausos en sus incondicionales y coraje en la izquierda que vota siempre por la izquierda unida, a pesar de la desgracia de sus políticos, enfrascados en destruir lo construido por los votantes progresistas.

Ya se fueron los nombres de Luis Echeverría, Fidel Velázquez, Luis N. Morones, José López Portillo o Gustavo Díaz Ordaz, sí, pero aún permanecen personajes como los panistas Pancho Cachondo o el gobernador Guillermo Padrés, los perredistas René Bejarano o el Niño Verde del Partido Ecologista,  y los priistas Arturo Montiel o el ex gobernador Moreira, todos ellos cantinflescos, que nos hacen reír con sus mentiras disfrazadas de verdades.

Con toda sinceridad, no me parece cantinflesco el presidente Peña Nieto. Igual sabremos si nos vio la cara al final de su sexenio. Demos el beneficio de la duda a todas esas reformas que promulgó en connivencia con todos los partidos y ojalá que venga el progreso. Lo cierto es que la película de Sebastián del Amo sobre el cómico de los años 40 que en 1956 conquistó Hollywood con La vuelta al mundo en 80 días, nos recuerda al personaje que inventó ese verbo sinónimo de incomprensible, el peladito que nos ve la cara de tontos y a quien le aplaudimos por no decir nada.

Cantinflas: el tramposo de la risa fácil. Si por mí fuera ya le hubiera dado a Óscar Jaenada el Oscar al mejor actor, por su caracterización. Igual de bueno es su patiño, Luis Gerardo Méndez, el Shilinsky: ellos son la película.

Increíble regreso al pasado a través de un filme donde la nostalgia se nos topa con el presente. Modernos, sí, pero retrasados en lo político, con un país donde la risa en el cine nos aleja, otra vez, de la realidad.

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