La letra desobediente

Los Cabañas

No esperaron 33 días para ser recibidos por el Presidente. En realidad, desde los años 70 los guerrerenses de Ayotzinapa conocen la historia de Lucio Cabañas, del Partido de los Pobres, asesinado por el Ejército en 1974. Líder estudiantil en su juventud, guerrillero al final de sus días —igual que Genaro Vázquez desde los años 60—, las familias de esa zona del país viven la represión, violencia y violación de sus derechos humanos. La cita con Enrique Peña Nieto no fue gratuita: es el regreso a una historia interminable.

Las fotos que distribuyó la Presidencia de la República, sin crédito a quien las realizó —como exige la Ley de Derechos de Autor—, se pueden ver las emociones encontradas: recelo en la mirada, duda, dolor y coraje, con frustración contenida. Cero admiración: no son imágenes de campaña presidencial en tiempo de elecciones. Son las de un hombre en el poder que mira fijamente a la mujer que le da la mano con contención, retadora, agraviada. No sabemos qué le dijo a Peña Nieto, pero la actitud del líder de la nación es titubeante, cansada, somnolienta, sin resultados.

Los 43 estudiantes desaparecidos están marcando un cambio en la política de México, como antes el Movimiento Estudiantil del 68. Ya nada puede seguir como está: sin garantías más que en papel, de promesas e ilusiones, de democracia de palabra sin compromiso, de garantías constitucionales que no bajan a las zonas más miserables de la nación, como si la clase media fuera el promedio de una democracia imperfecta donde el clasismo y racismo impide a toda costa la igualdad y justicia que gritaron los que lucharon por la Independencia de México y la Revolución Mexicana. Sueños de justicia.

Ahí están las fotos de muestra: la hermana que mira con coraje, los familiares que ni siquiera de reojo ven al Presidente, o el que sonríe, socarrón, la escena del encuentro. Les urge salir de ahí, molestos por las más de cinco horas de promesas firmadas, donde  pareciera ellos no creen que se cumplirán: los quieren vivos de regreso: si Díaz Ordaz ocultó los crímenes de los estudiantes, a Enrique Peña Nieto le interesa que aparezcan los asesinos y los jóvenes: la única posibilidad de que su nombre no quede manchado en la historia del México del siglo XXI.  La pesadilla del país no puede terminar sin resultados eficaces, pero ya, porque el tiempo apremia y el mundo nos observa.

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