La letra desobediente

Antipatria

Reitero lo dicho porque nada ha cambiado:

La Patria me desquicia. Por eso huyo a la naturaleza sin fronteras: ese campo de flores y árboles y ríos sin fin; ese desierto donde resopla la vida debajo de las piedras, o allá, en el confín de los hemisferios de la tierra, donde la nieve sostiene los centros del universo.

La libertad de amar sin nacionalismos, razas ni credos. Irse y entender que es posible dar vuelta a la realidad: esos charcos de sangre, esos decapitados sin nombre, ese canto salvaje de la guerra de los unos contra los otros: el cementerio amplió sus espacios a la calle. Las ciudades huelen a muerte. Vivimos cercados.

La tierra es una isla: ya no hay espacio habitable. Acaso nos quedan los desiertos y los viajes a lugares sagrados que llamamos modernos y civilizados. Ahí donde somos extranjeros y bebemos la vida como ilusión, como olvido de aquello que hemos ido aniquilando, paso a paso. O en el viaje interior a nuestros cuerpos, resguardándonos de la tempestad del odio y la avaricia.

Los siglos han caído en la plenitud de la intolerancia. Regresamos al principio de la barbarie. Las guerras subterráneas, otra vez. Pocos somos los soñadores donde el Estado no sea un infierno, un atentado a la dignidad de las personas. Reflexionar ya no basta. Nos están robando la ilusión y los deseos. ¿Cómo despertar ante semejante realidad?

Escribo de la patria y pienso en Hölderlin, entrañable poeta. ¿Lo recuerdan? Un poeta del siglo XVIII que murió en estado demencial. Soñaba en cambiar las raíces de la humanidad. Pero se topó con el destino, como esos artistas y escritores alucinados a los que una tensión infinita los arroja a la locura. ¿Qué sería de la vida sin esperanza; qué sería de nosotros sin fe?

Una tormenta afortunada despertará a la tierra seca y a los corazones de los hombres y mujeres que creen en el cambio. Hacer de la Patria el esplendor del nuevo Estado libre, sin dogma, sin religión oficial y sin ejércitos manipulados por guerras clandestinas: una disputa por territorios de perdición.

Quiero soñar por ti, conmigo, solos y acompañados, antes de la vida somnolienta que nos depara el régimen de terror. Seamos notas vivas en medio de la naturaleza. Despertemos en nuestro interior. No olvidemos que todo nace del deseo y termina en la paz: así sea.

No duden: lean Hiperión, de Hölderlin. No hay pierde.

¿Viva México?

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