La letra desobediente

Ama Pola

Ayer te extrañé pero no tanto porque te soñé. Estabas en el borde de la cama contemplando mi sueño. Me mirabas como quien observa a una flor. Como las de tu jardín, allá, cerca del río, del mar, de los manglares y las lagunas de nuestra tierra. Me pensabas y te pensaba. Imposible separarte de él porque eran inseparables. Padres y madres juntos, intercambiaban papel según las circunstancias. La división del trabajo les dio la división de sus vidas. Y a nosotros, un lugar en el mundo.

Sabían que odiaba los festejos a sus nombramientos oficiales por el negocio que les rondaba,  y se reían de ello. “Un día no hace a un padre o a una madre”, decían sonriendo.  Y aun así, caray, las leyes de la publicidad nos empujaban al caos para llevarlos a comer, al teatro, a ver a Juan Gabriel para que les cantara “Amor eterno”.  Juntos, siempre unidos, como decía mi padre: “A tu madre la he querido como a una mujer, como a una hermana, como a una amiga. Me ha dado el deseo y el asco. La detesto a veces, y otras no. Supongo que ese revoltijo de emociones debe ser el amor. Quizá por eso tengo 56 años con ella”. (Se fueron los dos, con un año de diferencia al despuntar el siglo XXI).

Quizá por eso te soñaba cerca de mis pies, en mi cama, donde me mirabas con interrogaciones.  ¿Te acuerdas de la inundación de los 50? Una foto no miente: estaba en tus brazos y alrededor nuestro todos tus hijos. Yo sonreía. ¿No recuerdas aquél día que hicimos al Niño Artillero (Narciso Mendoza), de plastilina, ese que disparó a las tropas de Calleja en el sitio de Cuautla? Por eso me dieron 10, gracias a tus oficios de artista. Eras buenísima con las manos: tejías, bordabas, torteabas, amasabas, amabas como poca gente que conozco. Eres la razón por la que no me importa ser cursi.

¡Pero tuve que despertar! No estabas. Ya no vas a estar. Bien. No tengo que fingir una felicitación que nunca me salió. Tú siempre lo supiste. Ahora, públicamente debo decirte que te extraño. Pero no por el día de las madres, no. Es porque ya no estarás. Aunque bueno, lo sabes, cuando te necesito te sueño al lado mío y entonces el mundo, mi mundo se equilibra. Gracias a los dos —sí: a los dos por venir a mi mente—.

Me levanté y te puse la canción que te eterniza, esa del tuxpeño, el tenor Hugo Avendaño: “Amapola, amapola, cómo puedes tú vivir tan solaaa…”

Gracias, Polita. Leopolda: Ama Pola. Descansa con él.

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