Articulista Invitado

Conservación ambiental: una gran inversión

La comunidad mundial, encabezada por la ONU, trabaja para formular objetivos que guiarán el modo en que se utilizarán los recursos hasta 2030; estos retos suceden a un ambicioso conjunto de metas que encauza cientos de miles de millones de dólares.

Biodiversidad —la variedad de especies con las que compartimos nuestro planeta— es importante, pero ¿podemos asignarle un precio?, ¿podemos estimar los beneficios y costos de la conservación?

El profesor Anil Markandya y otros dos economistas (Lucas Brander y Alistair McVittie) han escrito tres nuevos artículos científicos para mi grupo de expertos, el Consenso de Copenhague. Hallaron que no solo podemos estimar los costos y beneficios para algunos proyectos, sino también que la conservación puede ser una gran inversión.

Un objetivo para prevenir la pérdida de arrecifes de coral aportará por cada dólar gastado, al menos, 24 en beneficios ambientales. Del mismo modo, los investigadores encuentran que reducir la pérdida futura de bosques a la mitad, probablemente resulte en alrededor de 10 dólares de beneficio por cada dólar gastado.

Esto es de particular relevancia para México, ya que alrededor de 33 por ciento del país está cubierto por bosques. Los economistas también consideran que aumentar las áreas protegidas probablemente sea un objetivo pobre, un punto importante pues 13 por ciento de la superficie de México ya está protegida.

Esto es importante, porque la comunidad mundial, encabezada por las Naciones Unidas, está trabajando actualmente para formular una serie de objetivos clave, que guiará el modo en que se utilizarán los recursos a partir del próximo año hasta 2030. Estos retos suceden a los Objetivos de Desarrollo del Milenio, un ambicioso conjunto de metas que encauza cientos de miles de millones de dólares para el desarrollo desde 2000.

El problema es que en este momento, la mayoría de los grupos de interés comprensiblemente batallan para incluir sus objetivos favoritos, pero tener más de un millar de objetivos potenciales deja al mundo sin prioridades. Es por eso que el Consenso de Copenhage ayuda preguntando a los principales economistas qué es lo que funciona y qué lo que podemos solventar.

Por supuesto, algunas de las cuestiones obvias se refieren a una alimentación adecuada, agua limpia y una mejor educación y atención sanitaria, pero los seres humanos no viven aislados del mundo natural. Más bien, dependemos de él para muchos beneficios diferentes, o lo que los expertos llaman “servicios ecosistémicos”.

Por ejemplo, los bosques no solo proporcionan madera y leña, sino también protección contra las inundaciones, ya que pueden absorber las lluvias intensas; por ejemplo, una gran parte del motivo por el cual Pakistán tuvo inundaciones tremendamente perjudiciales en 2010 se debió a que buena parte de sus bosques más altos ha sido talada. Los bosques podrían haber protegido a muchos de los pobres que ahora vieron sus casas inundadas o, incluso, vieron morir a sus hijos.

Los bosques también proporcionan experiencias de belleza para los residentes próximos a la zona, mientras atraen turismo generando más beneficios. Al mismo tiempo, los bosques en crecimiento absorben el dióxido de carbono del aire y lo fijan por décadas o incluso siglos, mientras que producen oxígeno. Los bosques también proveen refugio a una enorme cantidad de especies de aves, animales y vegetales, que se encuentran especialmente en las selvas tropicales.

Todos estos beneficios pueden ser valuados. La madera tiene un precio comercial, por lo que es sencillo. Captar el carbono se puede valuar basándose en los posibles costos que resultarían de evitar el daño climático, y del mismo modo el valor de proteger de las inundaciones parece manifestarse en una reducción a futuro.

También hay un valor para la recreación y el turismo, pero no todo esto es pagado por los usuarios. Por otra parte, preservar las especies tiene claramente un beneficio, pero normalmente no uno que nosotros pagamos. Aquí es donde poner un precio a los recursos naturales se ha vuelto más difícil, y los economistas tienen que recurrir a encuestas que preguntan a la gente cuánto están dispuestos a pagar para mantener los bosques en su lugar.

Eso hace que sea más difícil establecer un valor definitivo sobre una hectárea de bosque, pero los académicos, todos, coinciden en que gastar un dólar probablemente redunde en más de un dólar de beneficio. El resultado más probable de una serie de análisis de costo-beneficio muestra que fijar la meta de “reducir la pérdida mundial de bosques en 50 por ciento”, probablemente, resulte en un valor de alrededor de 5 y 15 dólares de bien social por cada dólar gastado.

El mismo tipo de análisis muestra que preservar los humedales podría ser un buen negocio. Los economistas indican que reducir la pérdida mundial de humedales en 50 por ciento muy probablemente aporte más beneficios que su costo, y lo más probable es que caiga en el mismo rango de alrededor de 10 dólares recuperados por cada dólar invertido.

Más espectacular es el análisis de los arrecifes de coral, que actúan como criaderos de pesca y recursos pesqueros, a la vez que albergan abundantes cantidades de especies. Al mismo tiempo, los arrecifes de coral poseen una belleza increíble, que se manifiesta tanto en grandes ingresos por turismo, como también en que la mayoría de las personas dice que está dispuesta a pagar una cierta cantidad para asegurarse de que sigan existiendo para nuestros nietos.

Los análisis muestran que la reducción de la pérdida mundial de corales en 50 por ciento puede costar cerca de 3 mil millones de dólares por año, pero los beneficios totales probablemente llegan a, por lo menos, 72 dólares, o a alrededor de 24 dólares por cada dólar invertido.

Sin embargo, la economía también revela objetivos pobres: enfocarse en aumentar sustancialmente las áreas protegidas probablemente cueste tanto —cerca de un billón de dólares— que generará menos beneficio medioambiental que su costo.

Por supuesto, cuando miramos a los próximos 15 años, tenemos que enfocarnos mayormente en los errores obvios que evidencian miles de millones de personas que son pobres, carecen de alimentos, agua, salud y educación. Sin embargo, estos análisis sugieren que si están cuidadosamente elaborados, los objetivos ambientales también deben ser una parte de esta solución.

Nuestro trabajo consiste en garantizar que los argumentos económicos son escuchados de modo tal que escojamos los objetivos inteligentes dejando de lado los más pobres, para asegurar que los próximos 15 años ayuden lo más posible al mundo y a sus habitantes.

*Bjorn Lomborg es autor de los best seller ‘El ecologista escéptico’ y ‘Cool It’, director del Centro para el Consenso de Copenhague y profesor adjunto de la Facultad de negocios de Copenhague.