Articulista Invitado

Buenas intenciones, ineficientes regulaciones

La propuesta estadunidense, como muchas otras alrededor del mundo, tiene que abandonar las ilusiones y reglamentaciones sobre CO2; lo que importa para hacer frente al clima es el fracking —fractura hidráulica— y la tecnología verde más barata.

El presidente Barack Obama fue noticia en el mundo por sus promesas acerca de una nueva política climática, que no solo reduciría las emisiones de CO2 provenientes de la generación de electricidad en Estados Unidos en 30 por ciento hacia 2030, sino que produciría más beneficios que costos.

Las intenciones son buenas, pero la iniciativa tiene los mismos problemas que aquejan a la mayoría de las políticas climáticas idealistas en el mundo: lo que es inteligente tiene poco que ver con el clima, y lo que se refiere al clima, en su mayoría, no es inteligente.

En primer lugar, la reducción real es 10 por ciento de las emisiones de Estados Unidos, ya que la regulación abarca solo la producción de electricidad, la cual representa, aproximadamente, una tercera parte del total de emisiones.

En segundo lugar, el argumento de promoción sugiere que la reducción de CO2 provendría de normativas que conducirían a una menor cantidad de plantas de energía impulsadas por carbón. En realidad, casi toda la reducción que se espera en las emisiones de CO2 proviene de las supuestas campañas de eficiencia energética que reducirían sustancialmente el uso de electricidad en Estados Unidos a través de la actualización de electrodomésticos y mejor aislamiento.

Esencialmente, esta parte no tiene nada que ver con la regulación del CO2. La EPA (Agencia de Protección Ambiental de Estados Unidos) en realidad cree que estas campañas producirán un ahorro neto de dinero a los consumidores, ya que los costos de los nuevos electrodomésticos serán ligeramente inferiores a la suma de los ahorros de energía.

Por supuesto, ahorrar dinero es excelente y debemos fomentar este tipo de programas. Sin embargo, se justifica cierto escepticismo, pues se supone que los consumidores ya estarían tomando medidas eficientes si eso les permitiera ahorrar mucho dinero —no necesitan el empuje adicional de 645 páginas de regulación de la EPA.

Más aún, las propias evidencias de la EPA muestran que la tasa de eficiencia energética estimada es igual o incluso mucho mayor del máximo asequible —tan alta, que actualmente solo tres estados han logrado alcanzarla.

En tercer lugar, la EPA señaló que el recorte en la energía impulsada por el carbón sería en general un buen negocio, con costos que rondarían 10 mil millones de dólares al año y beneficios de entre 32 y 63 mil millones. Pero los beneficios para el clima serían inferiores a 10 mil millones según estimaciones razonables, considerando que la mayoría de los beneficios provienen de la reducción de la contaminación del aire, que mata a unas 100 mil personas cada año.

Entonces, ¿por qué no enfocarse directamente en recortar más de la contaminación atmosférica perjudicial a través de la regulación de la contaminación del aire, exigiendo mejores depuradores, en lugar de hacerlo ineficientemente a través de la regulación de CO2?

La eficiencia es grandiosa si vale la pena, y es buena idea reducir la contaminación del aire, que en gran medida es el mayor asesino ambiental. Pero las ganancias en eficiencia propuestas por Obama son mayormente una expresión de deseo. Eso hará que sus propuestas sobre la reducción de CO2 sean mucho más costosas, más difíciles políticamente y, probablemente, mucho menores hacia 2030.

Por otra parte, si vamos a solucionar el calentamiento global, en realidad necesitamos recortes de carbono mucho más grandes. Incluso en el mejor de los escenarios, los recortes de Estados Unidos constituyen menos de 1 por ciento de las emisiones globales hacia 2030.

Esto es porque Estados Unidos ya ha sido superado como mayor emisor del mundo por China, donde las emisiones de CO2 casi se han duplicado desde 2005. China emite 27 por ciento del total de las emisiones, comparado con 14 por ciento del país americano.

La política climática de Obama, como muchas otras alrededor del mundo, tiene que abandonar las ilusiones y las regulaciones ineficientes sobre CO2. En cambio, lo que importa para hacer frente al clima es el fracking —fractura hidráulica— y la tecnología verde más barata.

El fracking es la solución de esta década al clima. Obama reconoce el gas como un “combustible puente”. Debido a que ha convertido al gas en un combustible mucho más barato, ha sustituido al carbón más sucio y ha recortado alrededor de 300 millones de toneladas de las emisiones anuales de CO2 de Estados Unidos.

Para poner esto en perspectiva, el fracking ha logrado bajar en los últimos cinco años alrededor de dos tercios de la reducción total que contempla el plan de Obama en más de 16 años.

La reducción anual del fracking en Estados Unidos es mayor que la alcanzada por toda la energía solar y eólica en el mundo. Mientras que las energías renovables le cuestan anualmente decenas de miles de millones de dólares; el fracking ha ahorrado a los consumidores estadunidenses 125 mil millones anuales en precios de energías más baratas. El fracking tiene problemas ambientales locales, pero todos ellos pueden abordarse con una buena regulación.

El fracking funciona porque hace que el gas sea más barato, ayudando a que les vaya mejor a todos, en lugar de centrarse en la fabricación de carbón más caro, lo cual es costoso, a menudo ineficaz, y sin duda políticamente conflictivo.

Trasladar el milagro del fracking de Estados Unidos al resto del mundo será la mayor fuente de reducción mundial de CO2 en esta década y aumentará simultáneamente el bienestar mundial al permitir el acceso a la energía a miles de millones de personas que aún no disponen del servicio.

La solución a largo plazo para el cambio climático es invertir mucho más en innovación de la energía verde. Mientras la energía verde sea mucho más cara que los combustibles fósiles, siempre seguirá siendo un nicho subvencionado por los países ricos para sentirse bien.

Si la innovación puede hacer que las futuras fuentes de energía verde sean más baratas que los combustibles fósiles, todos —tanto en los países ricos como en los pobres— las adoptarán. Los modelos económicos muestran que la I+D verde es, por lejos, la mejor política climática a largo plazo.

Mientras que la política de Obama tiene buenas intenciones, debería —igual que otras políticas climáticas mundiales— dejar las expresiones de deseo y las políticas ineficaces. En cambio, tenemos que conseguir primero el gas barato para sustituir el carbón en todo el planeta, y en segundo lugar invertir en investigación para obtener energía verde que sea tan barata, que todo el mundo desee adoptarla.