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La violencia del Estado

Cuando miramos la tierra desde el espacio, vemos un planeta azul, maravillosamente tranquilo y hermoso. Los astronautas hablan de una sensación de plenitud. Entonces, ¿cómo imaginar que en la superficie de la tierra podamos soportar tanto sufrimiento y barbarie?

Los hechos de Iguala, Guerrero, la muerte alevosa de jóvenes primero y la desaparición de 43 estudiantes normalistas, muestran que casi no hay límites a la ferocidad de la que algunos gobiernos son capaces de practicar pese al discurso moralista o juridicista.

Los ciudadanos generalmente quedamos impotentes ante la brutalidad, tanto del gobierno como del crimen organizado, aún más cuando actúan en conjunto. La represión que desatan sabe a impiedad. Sin embargo, es evidente la vergüenza cuando el término "violencia" se aplica a ciertos actos estatales que nos parecen los más crueles: el abuso y la impunidad.

"¡Vivos se los llevaron, vivos los queremos!", es una de las consignas de las manifestaciones de ayer. La marcha en la ciudad de México convocada por normalistas y familiares de las víctimas, tiene una réplica en cerca de cincuenta ciudades de México y en otras partes del mundo como Buenos Aires, Berlín, Madrid y la Paz Bolivia. Hay un reclamo global para frenar la violencia que emana del propio Estado.

Se veían en Chilpancingo los rostros de dolor y de rabia contenida. Se demanda gobiernos de estabilidad porque la violencia es el refugio de la incompetencia y el paradero de espíritus mezquinos. La violencia desplegada en Guerrero esclaviza al miedo a los tiranos y a la cólera de los ciudadanos. La violencia puede crear más problemas sociales de los que pretende resolver y, por tanto, no conduce nunca a una paz deseada.

Surge una pregunta, ahora, en boca de todos: ¿el Estado tiene el derecho de hacer daño a sus súbditos? ¿Incluso obligado cuando el interés público así lo requiere? ¿Incluso cuando el Estado se pretende democrático? Sin duda, hay una ciudadanía victimizada, en cólera y vulnerable a la tiranía.

George Washington expresó hace más de doscientos años, que: "El Estado no es la razón, no es elocuencia, es fuerza. A medida que el fuego es un sirviente peligroso y un amo temible". ¿Se puede entonces responder a la pregunta que el Estado no puede simplemente recurrir a cualquier forma de violencia, pero sólo un uso adecuado de la fuerza?

Para muchos teóricos del Estado, el uso de la coacción del Estado es legítimo cuando está en el interés público donde se sacrifica algunos intereses particulares; podría esta coacción ser caracterizada como violenta, en el sentido de actuar sobre alguien o hacer que se actúe en contra de su voluntad, por la fuerza o la intimidación, pero no es exactamente un "abuso de poder" ni mucho menos el uso de la violencia extrema ni la barbarie que corrompen la misma naturaleza del Estado.

Tlatlaya, Estado de México e Iguala, Guerrero, son dos focos rojos de los excesos de la fuerza bruta y de la indignación.