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Entre tinieblas y violencia

El Estado de México experimenta un incremento notable de violencia por parte del crimen organizado. En diferentes municipios hay alarma y estremecimiento por el crecimiento de los índices de delito y se destaca, la nula capacidad de respuesta de los mandos locales. Impunidad, condescendencia, corrupción o sometimiento son los rostros de las autoridades rebasadas.

Por la prensa y no por informes oficiales, los ciudadanos nos enteramos de cientos de ejecuciones en Cuautitlán, Ecatepec, Nezahualcóyotl, Naucalpan y Chalco. Según la revista Proceso se ha ejecutado a 90 personas solo en marzo y según Reforma en el 2014 van más de 160 víctimas de ejecuciones en la lucha de mercados entre los Zetas y el Cártel del Golfo.

Además con fuerte presencia concurrente de los Caballeros Templarios, la Familia Michoacana y el Cartel de Jalisco Nueva Generación. El apoyo de la Federación sin una estrategia aún clara se antoja insuficiente.

La acumulación de fuerza de los diversos grupos del crimen organizado ha llevado décadas. No se trata de acabar con los hampones de a pie. El problema es estructural y está enraizado en la forma de cómo se ha conducido el poder, tanto en nuestro estado como en el país.

Sergio Aguayo, en su reciente libro Remolino, que aquí comentamos, establece que el crimen organizado nació al amparo de políticos poderosos y se sometió a las tres condiciones que le puso el gobierno: a) las drogas eran para exportarse a Estados Unidos, b) le estaba prohibido disputar cargos políticos, y, c) acataría las decisiones del gobierno federal, que jurídicamente se reservaba la competencia exclusiva sobre el tema. Pero la alternancia hizo pedazos ese entendimiento, pues al resquebrajarse el centralismo, el crimen organizado optó por desarrollar también un mercado interno que se inició con las drogas, extendiéndose a la extorsión, secuestro, los migrantes y dominio de territorios.

Todos coincidimos que la lucha del ex presidente Felipe Calderón Hinojosa lanzada contra el crimen organizado fue ineficaz, imprudente y mal conducida. No solo propició cerca de 80 mil víctimas y más de dos decenas de miles de desaparecidos sino que provocó grandes desplazamientos humanos.

Numerosos estudiosos sobre seguridad, colocan geopolíticamente a México en el centro de grandes flujos que circulan permanentemente desde el sur y la Cuenca del Caribe hacia al norte, donde fluyen personas y drogas. Y de norte a sur, armas y dinero.

En México, no solo los procesos electorales se ve amenazados por la colonización de mafias que financian y demandan cotos de poder y plazas a modo, sino la vida empresarial desde hace años ha sido penetrada por pseudoemprendimientos comerciales y productivos que no son otra cosa que lavado de dinero. Involucrando empresas, grandes y pequeños negocios, casas de cambio y bancos.

El crimen organizado está vulnerando nuestra forma de vida y está cimbrando nuestras instituciones. Es una cuestión grave y así debemos asumirlo. La solución no es sencilla, el problema es estructural, y no basta el juego de los policías contra los ladrones.