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El espejo roto del norte

Por unas horas Toluca se convirtió en la capital de América del norte. Las crónicas dicen que la ciudad estaba desconocida, hasta parecía bonita. Limpia, pintada y en las rutas oficiales, ahí por donde pasaron los mandatarios, sin baches.

La presencia de los mandatarios de Estados Unidos, Barack Obama; Canadá, Stephen Harper y Enrique Peña Nieto de México, además de poses, exageradas sonrisas y fotos, retoman hasta de manera simbólica un viejo proyecto económico y cultural que giró en torno a tratados comerciales cuyos resultados desde 1994 no se han dejado sentir, por lo menos como nos lo prometió el salinismo.

La Cumbre de América del Norte, cuyo objetivo es profundizar la integración regional convive con el fantasma de la historia que se hace presente. La migración hacia el norte de conciudadanos probablemente es el saldo más visible en estos años de un supuesto libre comercio. Que ni fue libre y mucho menos comercial.

Se estima que el flujo neto anual hacia Estados Unidos asciende a 390 mil mexicanos, proceso que ha dado lugar a la formación de una comunidad de ascendencia mexicana de magnitud considerable que, según la CONAPO, ascendía en 2003 a 26.7 millones, de los cuales cerca de 16.8 millones corresponden a los nacidos en Estados Unidos de ascendencia mexicana y 9.9 millones a la población nacida en México residiendo de manera autorizada o no autorizada en este país, lo que equivale al nueve por ciento de la población total de México y 3.6 por ciento de la Unión Americana.

Me pregunto qué queda de la Raza Cósmica del viejo José Vasconcelos quien, a principios del siglo XX, enaltecía la mezcla triunfante entre europeos y aztecas. Y no puedo dejar de recordar el impacto que me provocó la lectura de Islán Stavans, en su libro "La condición Hispánica, vistas al futuro de un pueblo" que analiza las inequitativas condiciones de poder y de cultura que guardan los mexicanos en los Estado Unidos.

Él señala que la etinicidad más que la clase, es lo que está detrás de la fragmentación de los electorados múltiples en aquel país. Los estadounidenses como tal no existen, sino identidades con guion, límbicas: hispanos- estadounidenses, afroamericanos, asiático-norteamericanos, etc.

Hay abismos que los separan, cada uno tiene su propia agenda, su propio lenguaje, sus propias lealtades. En ese sentido resulta cruel hablar del norte como la tierra prometida, es una paradoja insalvable para los paisanos que sueñan con mejorar su miserable condición.

Estados Unidos es un invento, nos dice Stavans: "La encrucijada de la esperanza y la violencia, la democracia y la intolerancia; America the Beautiful y América the Ugly (los Estados Unidos hermosos y los Estados Unidos horribles) y los Otros Unidos de América", donde la libertad se ha venido desdibujando por los climas culturales del imperio del dinero.

Por ello, las retóricas de hacer de la región, la más dinámica y competitiva del mundo, no ha evaluado estos 20 años. El fruto más visible es el spanglish.