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El cardenal Parolin y la circunstancia mexicana

La desmesurada y melosa acogida al secretario de Estado, el cardenal Pietro Parolin, número dos del Vaticano, refleja el interés del gobierno de Enrique Peña Nieto por guardar una excelente relación con la Iglesia mexicana y con la Santa Sede. Porque existe una preocupación por la inesperada actitud crítica del episcopado hacia las reformas y sobre el rumbo que está tomando el país.

Recordemos que en abril los prelados mexicanos presentaron un conjunto de preguntas críticas sobre los contenidos de las reformas fiscales, educativa, política, energética y mediática; los cuestionamientos están posicionados en un documento titulado "Por México ¡ACTUEMOS!".

En la visita ad limina que en mayo pasado realizaron los obispos a Roma, expresaron sus preocupaciones por la violencia, inseguridad, desempleo, migración, corrupción e impunidad ante el Papa y diferentes dicasterios romanos. Mariano Palacios Alcocer, embajador de México ante la Santa Sede, no tardó en notificar la forma y el tono de los prelados mexicanos ante el Papa.

El giro crítico de los obispos, por supuesto que preocupa al gobierno. Es claro que en el modelo de gobernalidad, la Iglesia juega un papel estratégico para el actual gobierno. En la experiencia de Enrique Peña Nieto como gobernador quedó manifiesta la inmejorable relación de apoyo mutuo con el clero mexiquense. Especialmente con algunos obispos como Onésimo Cepeda, Francisco Javier Chavolla y Carlos Aguiar Retes.

Recordemos que previo a la campaña presidencial, Víctor Rodríguez, hoy obispo de Valle de Chalco, declaró que Peña Nieto era el mejor gobernador del país. Por ello, la estrategia del Presidente es mantener excelentes vínculos con el Papa y la cúpula del Vaticano como recurso político y así fortalecer su postura ante la hipotética rebeldía clerical. Así lo hizo Salinas de Gotari en los ochentas bajo la llamada "doctrina Prigione".

Sin embargo, la postura crítica de los obispos mexicanos tan sumisos y condescendientes con el poder, solo se explica por dos razones. Una es el efecto Francisco, quien es aún mucho más radical en su crítica al modelo económico vigente. Dicho de otra forma: los obispos locales hacen eco de las posiciones del Papa a la situación política y económica del país. En este caso, el gobierno debe entender que la fuente de la discrepancia no es la Iglesia local sino con la visión del Papa Bergoglio.

La segunda razón es que los obispos estén ante la puerta de negociaciones de alguna prebenda o privilegio específico. Políticamente, no debemos pasar por alto ni olvidar que los prelados mexicanos son verdaderos maestros del manejo de tiempos, oportunidades y posicionamiento de su agenda de intereses.

Mal haría el gobierno mexicano en negociar bajo la mesa alguna concesión clerical. Estaría violando el artículo 40 constitucional que consagra el país como una república laica. Es decir, el Estado mexicano no debe otorgar ningún privilegio a ninguna asociación religiosa, por más mayoritaria que sea, está obligado a guardar equidad con todas las religiones y debe salvaguardar el derecho de las minorías.