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La Obediencia Perfecta como trauma cultural

En su primer fin de semana, la película Obediencia Perfecta registró 15.6 millones pesos en taquilla y 270 mil espectadores que colocaron a la película de Luis Urquiza en una de las vistas por los cinéfilos mexicanos.

Como todos sabemos, la película Obediencia Perfecta está inspirada en la vida y las patologías del sacerdote Marcial Maciel, fundador de Los Legionarios de Cristo.

Está basada en el relato homónimo de Ernesto Alcocer, en el que narra la historia de Sacramento Santos, un joven seminarista quien será guiado por el sacerdote Ángel de la Cruz, manipulado y abusado sexualmente, en su trayecto para convertirse en religioso.

La película explora las entrañas de ese mundo religioso donde reina la doble moral, la mentira institucional y la simulación de lobos disfrazados de ovejas. Ángel de la Cruz, el Marcial Maciel, es adicto al poder y a la riqueza, amparados por los encubrimientos de cardenales, otra insinuación de Norberto Rivera, y de una curia romana apabullante. Sobre todo, se resalta la impunidad que caracterizó el actuar de la Iglesia durante décadas y que aún no acaba de sacudirse en la actualidad.

Existen muchos que reprochan superar el trauma de Maciel en nuestra cultura. Se consuelan diciendo que hay pederastia en otras Iglesias e instituciones. Reclaman, "¿otro libro de Maciel?, por favor se han escrito decenas"; y otras voces con ese tono, dicen: ya paremos el autoflagelo en las heridas abiertas.

Sin embargo, el éxito del film de Luis Urquiza nos muestra lo contrario. Que el caso Maciel y el encubrimiento de los Legionarios, Iglesia, medios, periodistas y funcionarios aguardan un juicio. Y que la leyenda negra que se construye en torno a Maciel y sus legionarios, constituyen un episodio cultural equivalente a un trauma social.

El caso Maciel no solo está vivo sino que es parte de la memoria como instrumento político a partir del cual se recrea una visión societal de la actual Iglesia católica y se pone sobre la mesa el comienzo de una reflexión colectiva mucho más profunda, en la que interactúan memoria, historia y representación.

Por ello, el desprecio por el film que mostró el arzobispo de Puebla, Víctor Sánchez Espinosa, al declarar que "no me interesa" la película, es una provocación a la deconstrucción y juicio colectivo que aún está en ruta.

En ese sentido, es muy lamentable el pronunciamiento del sacerdote Manuel Corral, apreciado amigo, quien fuera responsable de las relaciones institucionales del Episcopado, al señalar que la película es morbosa y toca un tema trillado.

Él sabe bien que los obispos mexicanos no han realizado ningún posicionamiento sobre el caso Maciel ni han abordado a fondo la pederastia clerical. Mi apreciado Corral, muestra que la Iglesia no ha aprendido las lecciones históricas que han cimbrado a la Iglesia por los escándalos de la pederastia y que los expedientes siguen vigentes.

La Organización de las Naciones Unidas y la sociedad internacional han retomado estos flagelos que han azotado el confort y el prestigio clerical.