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Mons. Romero, Mártir de América

El papa Francisco ha autorizado el martes 3 de febrero la promulgación del decreto que reconoce el martirio de monseñor Óscar Arnulfo Romero Galdámez, Arzobispo de San Salvador, asesinado en 1980.

La autorización la ha dado en audiencia privada con el Cardenal Ángelo Amato, Prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos. El papa Francisco decretó que monseñor Romero fue asesinado por odio a la fe y aprobó una declaración de martirologio que allana el camino a la beatificación.

Efectivamente, el 24 de marzo de 1980, a las 6:25 de la tarde, mientras oficiaba misa, fue asesinado con un tiro certero al corazón por un miembro del escuadrón de la muerte, organización paramilitar que, en un año, había ultimado a más del mil luchadores sociales. Un día antes de su asesinato, el cardenal leyó una homilía en que se dirigía a los militares golpistas diciendo: "les suplico, les ruego, les ordeno en nombre de Dios: Cese la represión".

Más que un sacerdote revolucionario o seguidor incondicional de la Teología de la Liberación, monseñor Romero fue un pastor que se atrevió a proteger a su pueblo de la barbarie de la guerra. Fue un mártir de la paz que se arriesgó a cuestionar los excesos de las catorce familias oligárquicas que predominaban la vida económica y política del país, que sometían a las fuerzas militares y de seguridad.

No bastó su muerte para impacientar la coerción, ya en sus funerales tumultuarios, el 30 de marzo, se desata una nueva masacre en el atrio de la catedral en la que cuarenta personas pierden la vida. Ante el hecho, lleva a los clérigos testigos provenientes de todos los rincones de América Latina a declarar: "Los que vinimos a honrar la vida y la muerte de monseñor Romero hemos podido experimentar la verdad de sus palabras cuando denunciaba incansablemente la represión del pueblo salvadoreño"

Hay que recordar que en octubre de 1979 hubo un golpe militar que pone fin a la disyuntiva de apertura democrática ante un contexto de crisis económica y política. El Vaticano fue tibio ante el hecho, el papa Juan Pablo II no reaccionó, por diferencias ideológicas, como lo hizo con mártires detrás de la cortina de hierro de la Europa oriental.

Habría que analizar la actitud del papa Karol Wojtyla ante el asesinato del padre polaco Popiełuszko en 1984 para delimitar grandes diferencias.

Monseñor Romero tenía como grandes enemigos a Alfonso López Trujillo, al conservador Ángelo Sodano y, por supuesto, a Marcial Maciel, todos ellos un frente antagónico contra la corriente de la Teología de la Liberación latinoamericana la que Roma castigaba.

Oscar Arnulfo Romero ya gozaba en su país y en América Latina aureola de santo pese a la displicencia de Roma. Ahora el papa Francisco lo coloca vía el martirio en camino a la beatificación. Mons. Romero acompañó, creció y sufrió con sus fieles. Hoy es ícono que cumple la sentencia: "La sangre de los mártires es semilla de cristianos".