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Guillermo Ochoa, héroe redentor


El desempeño de Guillermo Ochoa, como portero imbatible, en el empate histórico con Brasil, lo coloca no solo como un héroe nacional sino como un ídolo. Las cuatro atajadas en el estadio de Fortaleza, capital del estado de Ceará, quedarán en la memoria mexicana con pasaporte al mito. Baste ver la televisión, el internet, los periódicos tanto de México como del propio Brasil para constatar la trascendencia del personaje.

El brasileño Eric Nepomuceno se preguntaba desde Río de Janeiro: “¿Tendrá idea, ese muchacho de 28 años, de cuántas gargantas hirió, de cuántas almas sacudió por aquí este martes 17 de junio?.. Ochoa. Guillermo Ochoa. Ese es el nombre de la pesadilla”. En México Ochoa es glorificado por las personalidades y por políticos oportunistas quienes lo elevan a casi santo salvador.

En otros espacios he abordado el tema de las formas religiosas del futbol. Cómo la religión está presente tanto en el campo, entre los jugadores y entrenadores, así como en las gradas, y cómo lo mistérico es invocado por los fans. En el futbol, debido a su alto grado de imprevisibilidad, los seguidores invocan a sus deidades para ayudar su equipo, con la esperanza de ser lo suficientemente convincentes como para materializar su deseo. 

La relación entre el futbol y lo sagrado se establece en base a su imponderabilidad y, consecuentemente, en la inexactitud de los resultados. Esto implica que, en el futbol, la victoria y la derrota son términos impredecibles, ya que esto depende no solo de destreza deportiva sino también de la “suerte”,  lo que legitima la creencia religiosa como auxilio en la obtención  de resultados deseados.

Por ello, Guillermo Ochoa es el factor que lleva a la redención no solo de nuestro pobre futbol sino a nuestra calamitosa circunstancia como país.

Desde las religiones politeístas de la antigüedad,  es el rol de los “ídolos”, de aquellos jugadores que destacan de los demás por sus proezas y prevalencia entre sus “seguidores”. Son los cracks que no fallan y recuerdan a los dioses griegos que vivían, sufrían, rivalizaban y eran puestos a prueba por las tentaciones mundanas.

En el futbol tenemos a Pelé, Platini y a Beckenbauer. A Maradona, por ejemplo, los argentinos le han perdonado todo: sus adicciones, su promiscuidad, sus nexos con la mafia, su maltrato a la prensa, su rebeldía peronista, su castrismo demodé, ser feo, chaparro y gordo. Pero en la cancha, El Pelusa era considerado un dios. Parafraseando a Eduardo Galeano, se transfiguraba no solo en un fuera de serie, si no se convertía en una especie de elegido, un redentor, que condensaba las expectativas: los sueños de un pueblo.

Ochoa con su hazaña notable puede ser un santo redentor efímero. Pero quedará en la memoria en un  tiempo mítico, en un  tiempo primordial, glorioso por excelencia que recordaremos cíclicamente como un rito.  Su función ha llenado de entusiasmo y fantasías de un pueblo mexicano carente de héroes y líderes en quien confiar.M