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Abstención y voto nulo

Los signos que actualmente vive México son alarmantes. Una economía estancada, continúan los altos índices de inseguridad, los partidos de oposición muy fracturados internamente, impunidad ante casos de corrupción y, sobre todo, los índices de popularidad de la gestión presidencial están por los suelos. La aprobación presidencial es equiparable a las gestiones muy desgastadas de Nicolás Maduro en Venezuela y Mariano Rajoy en España.

En Guerrero y algunas otras regiones del país como Oaxaca y Michoacán, la situación es verdaderamente tensa. Y habrá que tener mucho cuidado y guardar atención extrema para operar el proceso electoral.

Para muchos analistas, en junio el resultado electoral es seguramente un plebiscito que tendrá el presidente Peña Nieto; para otros habrá un resultado, apretado como sucede en todas las elecciones intermedias, pero finalmente favorable. Porque la caída de la imagen presidencial, señalan, no ha afectado aún las preferencias electorales de su partido, puesto que, según Parametría, si hoy se realizara la elección, el PRI conservaría la mayoría relativa en la Cámara de Diputados.

Intelectuales como Javier Sicilia han iniciado el debate sobre el voto nulo y propone abiertamente sabotear las elecciones como signo de protesta ante una clase política corrompida. En círculos intelectuales y en las redes ha empezado a debatirse que la anulación del voto es un recurso político y cultural de rechazo, de insatisfacción por la espesa atmósfera que los mexicanos vivimos actualmente.

Esta atmósfera, recuerda el debate que se abrió entre enero-junio de 2009 cuando la presidencia de Felipe Calderón naufragaba en la crisis económica internacional, la inseguridad, la violencia inquietante a la que se sumó el brote de la epidemia AH1N1 que dieron por resultado un proceso electoral intermedio que capitalizó ampliamente el PRI.

En el Estado de México, recordará, se destiñeron los corredores amarillos y azules. Otros analistas desestiman el recurso del voto nulo porque primaría la estructura del voto duro de los partidos y las cosas no cambiarían.

En todo caso, el escenario del abstencionismo es aún más desolador. En las elecciones locales, nuestra entidad apenas alcanza 50% promedio de participación, dato que debe preocupar. En torno al estado de ánimo anulista, como en 2009, me llama la atención la heterogeneidad de intereses y composición de diagnósticos.

El debate apenas se inicia y tiene como actores a jóvenes desilusionados, asociaciones civiles, líderes de opinión, intelectuales, usuarios de Internet, artistas, académicos, comunicadores, hasta ex consejeros del IFE.

En realidad es un grupo pequeño que cuantitativamente pesa poco pero, en lo cualitativo, puede poner sobre la agenda política nacional diversos cuestionamientos a una clase política en desgracia y estremecer un sistema político que requiere correctivos en materia de transparencia, corrupción e impunidad.

Subir a la arena pública un malestar social, que no es conjura ni conspiración, es oportunidad política de diálogo y un ejercicio de libertad política. Finalmente la ciudadanía tiene ahora la palabra.