Del plato a la boca

El ritual

Aranza despertó temprano esta mañana, desde una noche antes había dejado la ropa lista, la bolsa y su monedero en la mesa del comedor y los insumos para el desayuno a un costado de la estufa; trató de no hacer ruido para no despertar a los demás, principalmente su esposo quien dobló turno en la fábrica curiosamente por el crecimiento que ésta comenzaba a tener, quién diría que la venta de bicicletas hechas en México tendría tanto éxito, teniendo mucho cuidado de no tropezar con nada a su paso Aranza llegó a la cocina, batió seis huevos y los revolvió con jamón, preparó dos tazas de chocolate y dejó café preparándose en la cafetera, para después tomar su bolso y el monedero y salir aprisa, pues la jornada pintaba larga.

En el camino repasó la lista: 6 pollos enteros, tres kilos de mole rojo, 4 kilos de arroz, un kilo de zanahoria, 1 kilo de chicharos, cincuenta platos desechables y 100 vasos de plástico; definitivamente habría que pedir la ayuda de un diablero y tomar un taxi a la salida del mercado, guardar el dinero en tres lugares diferentes y andar a las vivas. En la parada del camión ya había gente, las obras de la colonia no dejaban avanzar fluidamente, por lo que se retrasaría un poco su plan. Al paso de unos minutos el estruendo de un motor y los gritos de un jovencito anunciando las paradas dieron cuenta de que el autobús estaba llegando. Aranza pagó con un billete de cincuenta, por lo que el chofer le dijo que a la bajada le daba su cambio, al fin, un trayecto de casi treinta minutos aguardaba su destino.

A la bajada, y después de sus 42 pesos de cambio Aranza se preparó para lo que se avecinaba, rápido buscó a un señor que tuviera pinta de gente decente, sería el caso del número cuarenta y seis, tal y como se veía en su bata azul marino con estampado blanco, después del arreglo por 60 pesos más propina comenzaron a deambular entre los pasillos; primero por las pollerías, entre los gritos qué va a llevar, cuánto le damos y aquí el pollo sí está fresco, para posteriormente pasar por las verdulerías, las cuales eran aún más caóticas, entre la gente, los bultos y las demás diablitos. Finalmente se llegó a las semillas y los molinos, junto a los desechables, todo un alivio después del ajetreo, con mayor calma se dispuso a elegir.

A la salida una hilera de taxis ya la esperaban, en este caso el primero en la fila sería el indicado, sin filtros, después de cargar las bolsas en la cajuela, Aranza se despidió del número cuarenta y seis y le dio 15 pesos de propina pal chesco; ya de camino el chofer del taxi le pregunto qué sí tendría fiesta, y Aranza muy orgullosa le contestó, sí, son los quince años de mi hija.