Del plato a la boca

De espaldas al muro

No hace más de medio año hablábamos en este espacio de la importancia del consumo interno, la reacción económica que podría ocasionar el sustentar nuestra alimentación con productos nacionales, una dieta con base en frutas y verduras de temporada y un aprovechamiento de este en específico por su calidad nutrimental y bajo precio. Ahora, más que nunca, nos parece fundamental tener estas medidas en cuenta al momento de hacer la compra de insumos, pues el vecino del norte acaba de tomar una decisión más que desafortunada, pero no precisamente para los mexicanos, pues ante el escenario lo mejor es buscar las "áreas de oportunidad", dirían los "hombres de negocios".

Pero, hagamos un recuento de la situación nacional, en cuanto a consumo y nutrición. Desde la época colonial, el campo mexicano tuvo sus primeros encuentros con alimentos europeos, en un inicio los españoles mandaban traer desde vinos, aceites, harinas, cereales, embutidos, carnes secas, entre otras cosas, de sus tierras. La cocina colonial comenzó como dos cocinas; las de las castas, que a su vez se subdividía entre africana y mesoamericana, por el contacto entre esclavos e indígenas; y la de los españoles y criollos. Aunque el uso de ingredientes y combinaciones estuviese controlado por los peninsulares, por lo que cada hacienda tenía una cocina, al igual que cada villa, ciudad, dependencia, etcétera. Con el paso del tiempo y la combinación, cada vez más frecuente, entre peninsulares, indígenas y castas, sus hábitos alimenticios tuvieron una sinergia de consideración.

Tras la independencia y los primeros años de México como nación, la liberación comercial propició un intercambio mayor, tanto de ingredientes como de productos importados, las cuales únicamente disminuyeron su distribución, pero no dejaron de arribar al puerto de Veracruz o Acapulco. Este fenómeno perduró por muchos años, guerras, crisis nacionales, invasiones, pérdidas de territorio, dictaduras, una revolución, etcétera, a tal grado que se volvieron parte de nuestra mesa. Lo que produciría cierto rechazo, también llamado "malinchismo", a lo hecho en México y una figa de capital.

Con miras a los próximos cuatro años, el objetivo tendrá que ser lo contrario, un consumo interno que permita conservar el capital dentro del país para fortalecer lo mejor posible la economía; esto, a su vez, permitirá re direccionar nuestra alimentación, basada en cierto grado a productos industrializados, obteniendo no sólo beneficios monetarios sino también en cuanto a salud.