Del plato a la boca

Una bocanada culminante

Tras el último bocado la comitiva se dispuso a hacer sobremesa. De entre los bolsillos salieron los encendedores, mientras algunos otros acercaban los ceniceros, otros tantos ofrecían los cigarrillos para las damas y los puros para los caballeros; un festín culinario culminaba y un momento de goce y placer comenzaba.

Desde la llegada de los españoles a costas peninsulares un hecho sin precedentes les aparecía: en palabras de Bernal Díaz del Castillo, fue su llegada a la isla de Cozumel en el año 1517 cuando observaron a los "naturales" fumando tabaco, el cual también utilizaban para aliviar heridas y curar enfermedades, ya fuese en forma de infusiones o aplicándolo en parches.

Fue Cristóbal Colón el primero en recibir un obsequio que los indígenas llamaban "tabaco", de gran valor o importancia entre los habitantes de esta región, constaba de varias hojas enrolladas a mano y que, una vez encendido por un extremo, se inhalaba el humo que desprendía por el lado contrario; consumido por los "tainos", habitantes precolombinos de las Bahamas que provenían de América del Sur, que también lo fumaban en pipas o quemaban sobre vasijas con pipetas o cañutos. De igual forma el tabaco se consumía en forma de rápe, en polvo muy fino que era inhalado para provocar estornudo, práctica que se hizo popular entre los afeminados cortesanos franceses durante el reinado del Luis XIV.

A su llegada a Europa el tabaco forjado y listo para fumar se le conoció por su nombre original: cigarro, derivado del maya xigar, procurando que lugar por el que pasara se mantuviera esta voz sin ser modificada considerablemente, por ejemplo: en Italia y España, cigarro; en Francia, cigare; en Alemania, zigarre e Inglaterra cigar. Con los avances de la ciencia y botánica se descubrió la sustancia activa del tabaco, designándola como nicotina, en honor al embajador de Francia en Portugal, Juan Nicot, y posteriormente en manos del naturalista sueco Carlos Linneo, quien denominaría como nicotina a la planta.

De regreso a México el tabaco fue promovido por el francés Ernesto Pugibet, quien fundó una empresa cigarrera llamada El buen tono, la cual no solo dejaría como legado este uso del tabaco, sino además contribuiría a un enriquecimiento cultural gráfico debido a las ilustraciones que promovían la marca, siendo, además, el señor Pugibet miembro activo en la cervecera Moctezuma y El Palacio de Hierro.

Así como el dicho pregona "después de un buen taco un buen tabaco", al finalizar una buena comida se hizo costumbre, tradición o pretexto para una adicción, el fumar un cigarro, para algunos digestivo, para otros relajante, pero al final de todo convirtiéndose en la consumación de una experiencia sensorial, como solo el sentido del gusto puede dar.