Del plato a la boca

La armonía

Un México distinto, una ciudad cosmopolita acorde a la época, a finales de un siglo lleno de gloria independentista y orgullo nacional; la ciudad de México vivía un esplendor que la dejaría marcada hasta nuestros días, a manos de un hombre que les dio "progreso" al igual que "opresión". Sus ciudadanos disfrutaban o simplemente contemplaban las delicias artísticas, arquitectónicas o culinarias del "Viejo Mundo". Con una distinción de clases, el primer cuadro en torno al Zócalo era un espacio de abolengo y burguesía, era evidente la línea divisoria entre la chusma y "la gente de sociedad"; entre toda esa ecuación despuntaban entidades que buscaban atender de buena manera a sus visitantes, entre ellos encontramos a La Concordia.

Coexistiendo con lugares de igual tradición y relevancia como La Gran Sociedad, El Café del Cazador, El Tívoli Central y El Tívoli del Eliseo... La Concordia, que estaba ubicado en las calles de Plateros (hoy Madero) e Isabel la Católica, estuvo abierto al público hasta 1906, siendo testigo y cómplice del Porfiriato al igual que compartiendo sus años de gloria; en este establecimiento una milanesa con papas costaba 20 centavos al igual que la famosa sopa de ostiones en leche, con la cual se consagraría como un restaurante sofisticado y digno de cierto sector social. Para muestra solo bastó con el anuncio que diera el Diario del Hogar, en el cual informaban que debido a su extraordinaria demanda los ostiones frescos serían traídos por el express de los señores Wells, Fargo y Compañía nada más y nada menos que desde Baltimore, Estados Unidos, en unos compartimientos especiales para su óptima conservación.

Entre sus demás platillos a saborear se encontraba el café con leche acompañado de mostachones, hojaldre relleno de higo, o los famosos panecillos del señor León Ricaud, quien aseguraba que eran medicinales porque tenían la cualidad de ser purgantes aunque eran inofensivos para la salud, y de los cuales solicitó al ayuntamiento privilegio de exclusividad para su elaboración, o el caso de Don Marcelino Lange que de igual modo solicitó una prerrogativa en torno a su descubrimiento: un método de conservación para la carne que consistía en almacenarla en polvo; ambos casos fueron documentados y publicadas por El Heraldo de México en 1898 y El Imparcial en 1895 respectivamente.

La Concordia fue la delicia de las familias acomodadas de la época, que abarrotaban el lugar para paladear sus sabrosas gelatinas de mosaico y los flanes de leche de cabra, mientras que a un par de cuadras, lejos del Zócalo, el pueblo coexistía en otra realidad sin opulencia ni prestigio, pero que sin siquiera pensarlo estaba próximo a enfrentar su destino con La Revolución.