Del plato a la boca

¡Pásele marchante!

Caminar por un poblado antiguo puede ser todo un deleite, con cada paso nos conduce a una historia diferente, la arquitectura nos platica desde cuando se erige, con glorioso orgullo, en el horizonte, la pintura descascarada explica la facilidad en con que el tiempo hace estragos sobre ella y, sobre todo, el olvido u omisión de sus propietarios o encargados. Me encuentro en un poblado, uno de tantos, para mi suerte es día de plaza, el mejor momento para ejemplificar la condición en la que, tanto como sociedad como psicológicamente, nos encontramos.

Los puestos de frutas y verduras convergen con los de ropa, colchas, semillas, discos y películas, artículos diversos y comida preparada, todo un manjar para la vista. De momentos, caóticos, en otros, apacibles, así son los pasillos delimitados de manera imaginario, apenas el día anterior por este armado virtual transitaban automóviles o se cruzaban los pobladores, hoy es día de "fiesta", las estructuras tubulares reestructuran el paso y se apoderan de las calles con sus lonas coloridas y su variedad de productos o servicios.

En este microcosmos, un tanto improvisado y fugaz, podemos conocer qué compra la gente, qué viste y hasta qué rola o peli está de moda; sin embargo, lo que nos llama la atención es, por supuesto, la comida, en pleno diciembre lo obligado es ver víveres naturales con vitamina C, ¿por qué?, pues porque la naturaleza es sabia y nos provee de aquellos alimentos auxiliares para previenen enfermedades, pero de igual forma encontramos la mano del hombre; en años pasados hablamos de las conservas, clásicas en tiempos de sequías e invierno, ante los fríos, el campo no abastece lo suficiente por lo que hay que pensar a futuro, el salado, ahumado, azucarado, entre otros, resultaron en la mejor opción para no morir de hambre. Y para el andante hambriento, la comida recién hecha: tlacoyos, tacos, gorditas, caldos, entre otros.

El fenómeno de los tianguis es fácil relacionarlo con los tiempos prehispánicos, muchos son los cronistas que hablan de su extensión y variedad de productos a ofrecer; sin embargo, pocas veces observamos lo que podría significar: un país lleno de comida y rico en toda la extensión de la palabra. Su valor no se mide en el pujante capital, sino con el patrimonio que este representa, ahí el valor de que la comida rápida es recién hecha, los productos del campo contienen todos los nutrientes que el ser humano necesita, y sin conservadores. Las etiquetas y las modas podrán ir y venir, pero la fascinación de los días de plaza, o tianguis populares, no tiene precio.