Del plato a la boca

Noche de ofrenda

Una calaverita de alfeñique con mi nombre ya está en la ofrenda, junto a esta están un par de veladoras que chisporrotean al ver su inevitable final. En este año se cambió la cajetilla de cigarros y la botella de cerveza por el dulce de pepita, la calabaza en almíbar y los higos cristalizados, no estoy muerto o al menos creo no estarlo, se dice a si mismo José, quien ya levanta los vasos tibios de aquellas velas. Ahora con 84 años y contando, recuerda aquel momento en el que de manos de una monja descubrió las yemas reales y los dulces típicos fueron su afición.

Con la llegada del azúcar a América, por parte de los españoles, su aceptación fue muy prospera, aunque debido a su alto costo el consumo popular por parte de la población no llegó sino hasta muchos años después. Pero en todo este proceso el dulce y cristalino grano fue apareciendo en las cocinas, desde la aristocracia hasta los conventos, estos últimos fungieron como laboratorios gastronómicos, desarrollándose o adaptando recetas españolas como los jamoncillos, el ate, las frutas en almíbar, dulces de leche y coco, entre otros, además de preparar alfeñiques. Es justo este punto donde dos culturas en cierta medias unidas por el azúcar toman senderos diferentes, mientras que para la religiosas era común realizar figuras de alfeñique en forma de borregos, palomas, cruces, coronas, etcétera, en el subconsciente mexicano la familiaridad con la muerte nos lleva a recrear calaveras con dicha golosina, muy elaboradas y con elementos propiamente prehispánicos. La concepción del dulce en el prehispánico era, como muchos otros, un elemento ritual, se elaboraban con miel de abeja u hormigas mieleras, de tunas, del corazón de maguey y de cañas de maíz; ofrecidos a los dioses y consumidos por la población durante festividades. Algunos dulces que sobreviven son las palomitas de maíz aglutinadas con miel en forma de pelota, hoy en día pintadas de varios colores, y las alegrías, elaboradas con semillas de amaranto.

El dulce, postre o golosina sin duda ha estado en el paladar del mexicano por largo tiempo, todo niño se emociona al ver una canasta con dulces, obligadamente pide uno después de comer o en fiestas, conforme avanza la edad se van incorporando nuevas sensaciones como el picante o el ácido, para finalmente dejarlo solo para ocasiones especiales y en repentinos momentos "para regular la presión". Para aquellos que llaman de la tercera edad un dulce es la mejor manera de recordar aquellos años de infancia, cuando por veinte centavos podrían comprar una tienda entera y disfrutar tan simple y llanamente de la vida, sin necesidad de tecnología, conexiones, etcétera.