Del plato a la boca

Lejos del campo

Mateo dejo el campo a los trece años, la desobediencia y la inmadurez lo llevaron por un deseo de conocer la ciudad, ese pequeño monstruo del cual muchos en su pueblo temían y pocos, muy pocos, se atrevían a desafiar. Su abuelo le había dejado herencia, unos metros de tierra para sembrar, una yunta y el sombrero que lo acompaño por varias jornadas laborales, aquel con el que se tapaba el sol, celoso vigilante que actuaba como un capataz. Para el pequeño nieto eso no basto, su padre procuro preservar en él el oficio de agricultor, lo llevo desde pequeño a caminar por aquí y por allá, le enseño a trabaja con la tierra, a llevar la yunta y surcar el terreno, poner la semilla y dejar reposar; pero la paciencia que le tiene que dar a la vida para madurar no venía incluida en Mateo, ni tardo ni perezoso tomó sus cosas y decidió ir tras su sueño.

En medio del tráfico, la gente y el asfalto la vida de un joven tomaría forma, pronto un empleo le abriría las puertas a la vida moderna, unos centavos en la bolsa y alguna muchacha a quien invitar a salir. Con el paso de los años la familia era el siguiente objetivo, buscar un rinconcito y echar raíces, dejar legado y continuar realizando el sueño; un poco de mano dura educando, como lo hacía el padre, buscando siempre ver realizado a los hijos y dándoles hasta donde fuera posible, siempre buscando que fuera más de lo que nos tocó a nosotros.

La vida no siempre nos tiene buena fortuna, el crecimiento exponencial de una ciudad en vías de desarrollo atrae a más deseosos de vivir el sueño citadino, el trabajo comienza a escasear y mientras uno se vuelve viejo llegan otros, jóvenes y llenos de energía, que pronto tomaran lo que llamamos "mi puesto", las lecciones de la niñez lo lleva a pensar en una solución para los problemas monetarios, el conocer de legumbres, semillas y verduras le dan una opción, un local en un mercado donde vender, mientras la cosa mejora y vuelve a tomar rumbo.

Hoy don Mateo, mientras come un taco placero, sentado en su banquito y esperando a la "marchante" en el mercado tiene un destello del pasado, un recuerdo de sus viejos, y una añoranza por retroceder el tiempo, mientras se repite a sí mismo "qué hubiera pasado si..." decide hacer algo que nunca imaginó, tapa con unas sábanas la legumbres, toma el dinero del bote de plástico, y el guardadito debajo de la imagen de San Judas, le chifla al vecino que vende fruta en señal de despedida y éste le pregunta que a dónde va, mientras Mateo le responde -voy al pueblo, ahí te encargo-".