Articulista invitada

Gabriel García Márquez nos recordó no olvidar nuestra historia

Su interpretación de la vida latinoamericana es el pueblo de Macondo, donde la pobreza, la marginación y el abandono solo se sobrellevan por la mística de sus pueblos, con sus realidades religiosas y mágicas resultado del sincretismo.

La vida no es la que uno vivió, es la que uno recuerda, y cómo la recuerda para contarla”. Así Gabriel García Márquez nos dijo que tenemos una memoria particular y privada, pero que la memoria de su vida, a través de su periodismo, es la de las realidades latinoamericanas vistas y narradas desde la magia y fantasía de la literatura.

Su interpretación de la vida latinoamericana es el pueblo de Macondo, donde la pobreza, la marginación y su abandono solo se sobrellevan por la mística de sus pueblos, con sus realidades religiosas y mágicas, resultado de un sincretismo de sus mundos ancestrales. Justo la peste del olvido que padeció Macondo no es solo una premonición individual de García Márquez, sino que es un medio para recordarnos no olvidar nuestra historia; para que, como José Arcadio Buendía, que en Cien años de soledad se empeñó en luchar contra la desmemoria de su pueblo, no olvidemos las luchas por las libertades, las luchas independentistas, contra la explotación, las dictaduras, la pobreza y la desigualdad que han azotado a los pueblos latinoamericanos.

Por eso, luchemos contra la desmemoria como Arcadio Buendía, porque un pueblo que olvida su historia está condenado a repetirla, a 100 años y más de soledades.

Recordemos las generaciones que cambiaron las instituciones para instaurar la democracia, lo que nos han enseñado los que nos precedieron, como el coronel Aureliano Buendía, que en sus últimos instantes recordó que su padre lo llevó a conocer el hielo en un pueblo agobiado por el calor y el polvo de la pobreza. Como tantos pueblos en nuestros países.

Para recordar y vincularnos a la realidad, es el periodismo el mejor oficio del mundo, dijo García Márquez, que sin la magia de la literatura deja testimonios de los actos de gobiernos y de políticos, un periodismo realista que haga ciudadanos atentos, inquisitivos, incrédulos de los políticos de pantalla, que una cosa dicen y otra hacen. Porque, para tener memoria, “A los demonios no hay que creerles ni cuando dicen la verdad”. Así nos los enseñó el Gabo de sus amigos, para los que escribía y decía verdades. El Gabo de sus amigos también nos dijo que cuando olvidemos la literatura, “y la enviemos a los vagones de carga, el mundo habrá acabado de joderse”.

Este gran colombiano se hizo mexicano, e hizo mexicana a su familia al morir con nosotros; porque, como dijo en sus Cien años de soledad, “uno no es de ninguna parte mientras no tenga un muerto bajo tierra”; así se echan raíces, y él las dejó en esta tierra, las dejó en México.

Un hombre de letras que sabía narrar con tanta crudeza como en Relato de un náufrago, que desde un periódico mantuvo la atención completa de sus lectores e hizo temblar a autoridades que no asumían sus responsabilidades.

Un ser humano pasional que desde la literatura nos dijo que “el amor es un sentimiento contranatural, que une a los desconocidos y que cuanto más intenso, tanto más efímero”, porque así es la pasión.

Un hombre que reconoce que “en todo momento de su vida hay una mujer que lo lleva de la mano en las tinieblas de una realidad que las mujeres conocen mejor que los hombres, y en las cuales se orientan mejor y con menos luces”.

El coronel que no tenía quien le escribiera nos enseñó que la vida es lo mejor que se ha inventado, y que si tenemos memoria de corazón desestimamos los malos recuerdos, magnificamos los buenos y logramos sobrellevar el pasado.

Que la vida es una continua sucesión de oportunidades para sobrevivir, y que lo mejor de ella es el amor, “porque ningún lugar en la vida es más triste que una cama vacía”.

Y ojalá que cuando nos enfrentemos en esa crónica de una muerte anunciada, en “lo único que llega con seguridad que es la muerte”, podamos, como él, tener la fortaleza de vida y espíritu, y que podamos decir que “lo único que nos duele de morir, es que no sea de amor”.

De esa manera, queda en la memoria de Macondo, de Aracataca, de Colombia, de México, de la literatura universal, y sin “peste del olvido”, el gran García Márquez.

*Diputada Federal