El ornitorrinco

Una tonelada

I. Quisiera sostener esta tonelada de emoción, pero no puedo. ¿Qué es? No lo sé. No siempre soy mía. Algunos días no me pertenezco y dejo al mando a mis arqueólogos internos para que exploren mis ruinas, saturadas de tiempo y tempestad. ¿Será un desajuste químico? ¿Tal vez hormonal? ¿La melancolía que, desesperada, toca la puerta? ¿Una diminuta gota de charco llorando a mares sus lamentos? ¿O el apetito de sentirme más propia que ajena? Tengo unas tremendas ganas de llorar y eso no se remedia llorando. Me detengo. Hago una pausa. El planeta deja de girar, mi corazón de latir, el agua de fluir, los pájaros de trinar, y mi angustia de crecer. Respiro profundo. Inhalo mientras resisto el último golpe de gong en el pecho. Exhalo. Es curioso recordar que tengo nuca solo cuando la siento. Tiemblo. Pienso en la ventaja de tener un teclado y no una pluma. Sería incapaz de sostenerla. Imagino cómo sería sentir a cuentagotas. Una pizca de afecto, una dosis de vulnerabilidad, una inyección de paciencia, una cucharada de alivio, 270 miligramos de renuncia, tres cápsulas de arrepentimiento, una tableta de oportunidad y dos píldoras de cinismo. Por un momento dejo de temblar. Me contengo y me controlo. Sostengo una tonelada de emoción.

II. Tal vez si no me sintiera deconstruida por cada no que he dado y cada no que he recibido, habría un poco de espacio para imaginar -o sentir- el resultado de un sí más un acepto; o mejor aún: más un sí quiero. Me encantaría sumergirme en la multiplicación de una duda por un deseo; en las posibilidades perdidas (o no buscadas) de lo que no me habita, de lo que pudo ser en el tiempo donde me dominaban las hormonas y evadía, casi de manera consciente, las consecuencias de la estática. Ahí, esa hubiera sido mi oportunidad para no acomodarme, para utilizar mejor mis manos y mi cuerpo, para lubricar más llanto, para subirle el volumen a mi risa, o para descubrir que en unos cuantos años, cuando el reloj marcara las 12:01, estaría lamentando que no me atreví a ser feliz.

III. Con la sensatez desteñida, el equilibrio borracho, la cordura perdida, el desencanto desenfrenado y la locura manifiesta, le pido a la naturaleza, con sus aves pasajeras y sus hojas otoñales, que el viento me lleve cada vez que no tenga la fuerza de arrepentirme ni la valentía de quedarme.