El ornitorrinco

¿Será sano?

A veces me pregunto si hacerle tanto caso a las emociones es sano.

Imagino un universo, distinto al mío, en el que no me detenga a desenterrar las raíces de cada emoción ni a visualizar sus frutos. ¿Qué pasaría? ¿Mi vida sería la misma? ¿Más amena? No sé, tal vez si no pasara tanto tiempo pensando en lo que siento no estaría sintiendo tanto. Ni viviendo tanto, supongo. ¿Será que cuando alguien te aconseja que no pienses, en realidad te está aconsejando que no sientas? Yo no puedo separar al pensamiento del sentimiento. Me parece inconcebible aceptar que puedo pensar sin sentir o sentir sin pensar. Y, además, no quiero sentir sin pensar. ¿Qué es exactamente lo que pienso cuando me enamoro, por ejemplo? Pienso que es una maravilla y pienso que es inexplicable. Y cuando lo siento, me parece tan fascinante que lo tengo que pensar una y otra vez hasta podérmelo explicar. No, no puedo sentir sin pensar ni pensar sin sentir. Sé de personas que logran contenerse, como si fueran su propio recipiente. Casi todos los días convivo con ellas y noto que no navegan en océanos emocionales. Creo que los envidio. Envidio la desfachatez de su presente. Envidio su tranquilidad.

A veces, confieso, me molesta que no tengan idea de lo que representa un episodio de ansiedad o depresión. O si lo tienen, que sepan ignorarlo. ¿Dónde aprendieron a ignorarlo? ¿Será que escarbar el consciente hasta llegar al subconsciente es algo que se adquiere en la infancia? ¿O es un talento? Unos saben dibujar, otros cantar, otros cocinar, otros escribir y otros ignorar lo que sienten. Evaden, casi de manera profesional, cualquier sensación que desequilibre su mundo. Debería tener valor curricular. Total, ¿quién quiere a una persona emocional trabajando bajo presión? ¿O quién necesita una persona sensible a su cargo? No sé a ustedes pero a mí me conmueven muchísimas cosas que limpian la mugre que se acumula en un corazón que todo el tiempo se usa. Me duele el dolor, aunque no sea mío. Me duele la humanidad, aunque no se trate de mí. Me duele el desamparo y me duele la desesperanza. No siempre brilla mi camino. Cuando me siento como hoy, inmediatamente recuerdo que la vida es muy corta. Y, precisamente porque es corta, soy incapaz de evadir hasta la emoción más diminuta. ¿Será eso sano?