El ornitorrinco

El nido

El nido vacío es un término que describe la sensación de soledad y tristeza que los padres sienten cuando sus hijos vuelan y abandonan su primer hogar. Es una etapa que hay que mirar desde la perspectiva de los padres porque son ellos los que hacen el trabajo duro: desprenderse de su cría y confiar en que hicieron un buen papel y le enseñaron a sobrevivir en la jungla que representa nuestra sociedad, cada vez más corrosiva.

Somos los mamíferos los que más sufrimos la pérdida –que no es pérdida sino una ganancia, pero conlleva un difícil duelo– y los que más tiempo nos tardamos en soltar a nuestra descendencia.

En México, la edad promedio en que los jóvenes dejan su casa es a los 28 años: no cabe duda que el "síndrome del nido vacío" tarda cada vez más en llegarle a nuestros padres. Esto, quizás, no tiene tanto que ver con la voluntad de ambos sino con la situación económica y laboral del país; pero esa es otra historia.

A lo que voy es que este síndrome también se experimenta emocional, corporal y mentalmente del otro lado: del lado de quienes volamos para construir un segundo hogar –un hogar propio–, echar raíces en un sitio nuevo y desconocido que nos revoluciona. La sensación de estar a cargo de nosotros mismos, lejos de quienes nos estrechaban la mano para ayudarnos a levantarnos de cualquier caída es tanto liberador, por ser una nueva experiencia, como nostálgico y doloroso.

Cuando salimos de casa, con el espíritu de no volver, sin considerar que las circunstancias pueden ir en nuestra contra y que puede que el oleaje nos regrese nuevamente a la orilla, llevamos en nuestras alas la responsabilidad de enfrentarnos ante nuestros propios límites, inseguridades, debilidades y miedos. Sí: empacamos nuestras pocas pertenencias y emprendemos un camino que no siempre es claro y puede estar lleno de obstáculos, en donde no serán nuestros padres los que nos digan que hay peligro en la zona, que puede haber derrumbes cerca de nosotros –o dentro de nosotros– y debemos ingeniárnoslas para salir adelante o a caminar hacia atrás para mirar de nuevo el panorama que nos espera.

Nosotros, los hijos que dejamos el nido, también vivimos una transición: la soledad y la tristeza ejercen su fuerza sobre nosotros y luego no encontramos contención. Porque precisamente de eso se trata: de entender que lo que sigue es que nosotros contengamos, pues nuestros padres nos enseñaron que después de uno mismo lo que sigue son los que vienen. Y tal es el resultado de una buena crianza; una que, llegado el momento, sepa dejar el nido, que no es lo mismo que abandonarlo.