El ornitorrinco

Hogar

El domingo me mudé, por primeravez, a mi propio espacio. En treinta y un años he compartido casa con misabuelos, con mis padres, con desconocidos, con amigas y con dos parejas. He vivido en Toluca (epicentro y capital de mi universo), en Valencia (ciudad clave en mi historia personal), en Londres (mi ciudad preferida), en Purcellville (justo en el año que ganó Obama las elecciones y Estados Unidos todavía parecía Estados Unidos) y en la Ciudad de México (ese monstruo que nos forma y deforma al mismo tiempo).

Saqué cuentas y resultó que, en los últimos tres años, he empacado nueve veces mis pertenencias. Nueve veces he emprendido camino a sitios distintos. Hasta la semana pasada, mi vida material

cabía en tres maletas, más un colchón que compré el año pasado, de esos que tienen más memoria que uno, una pantalla que era de mi abuela y dos Schnauzer que son más dueños de los espacios que yo.

Hace casi dos años, en Londres, compré un salero y un pimentero con forma de matrioskas, pensando que, en algúnmomento, serían parte de la decoración de mi casa. En ese momento pensé que faltaría poco para usarlos, pero ocurrieron muchos eventos en ese trayecto y, salero y pimentero, terminaron guardados en el clóset de mi cuarto en la casa de mi madre. Durante todo este tiempo el par de matrioskas había sido un recordatorio de la necesidad que tenía de crear mi propio hogar. Quitarles el polvo fue, en cierta forma, sacudirme las insatisfacciones.

Ayer, cuando me fui a acostar, después de cenar y entender a fondo el concepto de mantel individual, pensaba que la adultez, con todas sus consecuencias, nos alcanza en el momento menos esperado: a algunos antes; a otros, después. Pero de pronto uno se despierta anhelando un café y se acuesta deseando que el insomnio no lo visite.

Creo que siempre soñé con ser adulta. De niña quería ser grande (además de dueña de una papelería y mesera de Sanborns) y, hoy, de grande, disfruto ser grande. Eso de la grandeza, tanto en sentido figurado comocronológico, se empieza de a poco. Pasando de la niñez a la pubertad, de la pubertad a la adolescencia, de la adolescencia a la juventud, y, de repente, todo camina muy rápido.

Yo, por lo pronto, inauguré mi adultez, sin saberlo, con la compra de un pimentero y un salero.

¿Será que eso de sazonarme la vida me lo tomé muy literal? No sé, pero estoy muy contenta viviendo conmigo, con mis tres maletas y mis dos perros. Este 2017 comienza con una historia en un hogar.