El ornitorrinco

Crónica de una muerte apantallada

Escribo frente a una computadora (¡claro! ¿Cómo entregar esta columna en papel? Ni que fueran los noventa). Miro al teclado, pero recibo los rayos de luz que emite el brillo de su pantalla, casi tan radiantes como los del sol, que últimamente desconozco, pero siento como calienta cada rincón de esta oficina.

Sobre mi escritorio se encuentra mi teléfono que pasó, en un par de años, de tener una pantalla a ser una pantalla. Bienvenidos al posmodernismo, posmaterialismo y todo lo que venga después, pero que está al alcance del ahora y hasta del post ahora.

Vivimos apantallados por objetos y dejamos de sorprendernos con personas. Es tristísimo, por ejemplo, que, para sentirnos cerca, nos baste un saludo unilateral porque ya no tenemos la necesidad de dialogar, pero sí la de mirar constantemente alguna de nuestras radiantes pantallas.

Estamos en la época en la que las relaciones ya no fracasan por falta de comunicación sino por exceso: el mal uso del lenguaje y las interpretaciones erróneas que van tomadas de la mano de un paquete de emojis, es el pan de cada día. Las redes sociales se convirtieron en moteles de paso para nuestros egos que necesitan urgentemente un apapacho llamado "like", representado por una mano hecha puño y con el pulgar alzado, a manera de aprobación. Nos alcanzó el futuro y el ridículo.

Hay cosas que llegaron para quedarse; nosotros, no: a nosotros se nos acaba la trascendencia si no nos retuitean, si no mandamos la cadena que nos blinda del mal de amores o si nuestra selfie no llega a un número considerable de aplausos digitales para sentirnos reconocidos o, en el mejor de los casos, virtualmente aceptados. ACEPTADOS, vaya palabra.

Nuestra vida cotidiana parece regida por una máxima pervertida (es decir: adulterada, adaptada a nuestro nuevo contexto de seres binarios, sí o no, en redes sociales): "Subo algo a Internet, luego existo".

Pero la cosa no se queda allí: la máxima en cuestión no funciona sin su contraparte, que ocurre después de que nosotros damos noticia de tal o cual evento, ocurrencia, imagen o meme robado: "Me aprueban (entre más, mucho mejor), luego subo algo nuevo a Internet."

Y así, hasta el final de nuestros días o hasta que se vaya la luz o el sol deje de entrar a la oficina y descubramos que, siete minutos después, el brillo del astro alrededor del que giramos nos calienta más que el brillo falsamente luminoso de la pantalla en la que nos hemos vertido, o que se ha adherido al interior de nuestra oscura cabeza.