El ornitorrinco

La claridad de la oscuridad

Podríamos pensar que la luz proviene de la mañana, de una frescura nítida, de la brisa del amanecer y de la calidez del Sol. O tal vez de un cielo colorido y del pensamiento tenue. Se nos prende el foco cuando encontramos respuestas y es un gran problema cuando se nos nubla la vista, cuando las cosas dejan de ser observadas y se recurre a la intuición para tentar las situaciones a ciegas, para desplazarse en la incertidumbre y recorrer la vida en grises. Para abandonar el cobijo del día y enfrentar el frío de la Verdad.

Nos convertimos en fotografías que necesitan de la oscuridad para revelarse. Es la noche la que despierta otra mirada, la que produce lo que el día reproduce. Es la noche la que está llena de sueños, de destellos, de excesos. Es la fuga de lo seguro, de lo cotidiano, de lo repetitivo, de lo rutinario, de lo colorido, de lo que tiene sentido, de lo que engrana, de lo cuerdo, de lo exacto, de lo iluminado. Tal vez por eso a los locos también se les llama lunáticos, aunque la Luna sea precisa en sus ciclos y en la luz del Sol que la ilumina.

Apagamos la luz para adentrarnos, para conocernos, para cerrar los ojos y naufragar. Ingresamos en una caverna propia, en una cueva que luego es túnel, aunque no tenga una luz al final, sino al principio de nosotros mismos cuando nos encontramos y, de nuevo el foco encendido, aunque sea como idea, y decimos "¡Eureka!"

Para mí, la Verdad se encuentra en la oscuridad, preparada para salir a la luz de la palabra que no se la lleva a ningún lado el viento, pues la última parada del viento es al final del día, donde empieza a calentarse la vida. La Verdad, iluminada, pierde su consistencia, su solidez, y se funde con el mural de lo cotidiano, con el diario acontecer, con la demasiada luz del día y de los demás iluminados que se cruzan en nuestro camino. De día, por la mañana, la Verdad es minúscula y se reviste de la botarga de eso que solemos llamar realidad.

La Verdad, de noche, echa toda su luz como las estrellas que, muertas, siguen vivas en el firmamento y en nuestra mirada nocturna. Y es que la Verdad sólo florece cuando tiene un manto oscuro, opaco, para proyectarse y vencer a nuestras pupilas dilatadas, para devolverle el color, es decir, su Verdad, a nuestros ojos, que luego de mirar hacia adentro y encontrarnos agazapados en nuestra propia caverna, ven hacia afuera y corren el velo del día, la cortina de luz que descubre la oscuridad en su más clara, clarividente, Verdad.